En una sala de clase de la Universidad de Manizales, un profesor muestra una gráfica: la línea del crecimiento económico sube. La del planeta, baja. “¿Y si el progreso no es acumular, sino cuidar?”, pregunta. Esa pregunta, simple y profunda, es el corazón del Boletín N°1 del CIMAD, lanzado tras 25 años de investigación. No es un informe más. Es un manifiesto: la sostenibilidad ya no puede quedarse en discursos. Debe bajar al territorio, a las veredas, a las decisiones diarias. Porque mientras el mundo promete, Caldas necesita actuar.

¿Qué, cuándo y por qué? Todo en 60 segundos
El 13 de agosto de 2025, la Universidad de Manizales lanzó el Boletín N°1 del Centro de Investigación en Medio Ambiente y Desarrollo (CIMAD), un espacio de divulgación que integra 25 años de trabajo en sostenibilidad. Basado en el concepto del Informe Brundtland y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), busca transformar el conocimiento académico en acción territorial frente a la crisis ambiental, social y económica en Caldas y América Latina.
Cuando la academia deja de hablar sola y comienza a escuchar
No fue un lanzamiento protocolario.
Fue un acto de responsabilidad.
La Universidad de Manizales, tras 25 años de investigación en desarrollo sostenible, dio un paso crucial:
lanzó el Boletín N°1 del CIMAD (Centro de Investigación en Medio Ambiente y Desarrollo), un espacio que no solo difunde conocimiento,
sino que lo pone al servicio del territorio.
💬 Enfoque:
“La Universidad de Manizales ha abordado el concepto del desarrollo sostenible en la docencia, la investigación y la proyección social.”
Este centro, certificado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, no es un laboratorio aislado.
Es un puente entre la academia y la realidad:
entre los números y los ríos,
entre las teorías y los campesinos,
entre los ODS y las calles de Caldas.
Sostenibilidad: cuando una palabra se vuelve urgencia
La palabra “sostenibilidad” se repite tanto que parece vacía.
Pero detrás de ella hay una verdad incómoda:
el planeta está en deuda.
💬 Enfoque:
“El progreso que celebramos es, en parte, una hipoteca contra el planeta.”
El Informe Brundtland (1987) lo definió con claridad:
desarrollo sostenible es el que satisface las necesidades del presente sin comprometer a las futuras generaciones.
Pero las advertencias empezaron antes:
- 1968: Paul Ehrlich, The Population Bomb — alerta sobre el colapso demográfico.
- 1972: Los Meadows, The Limits to Growth — modelaron los límites del crecimiento económico.
Y luego llegaron los acuerdos:
- 1992: Cumbre de Río.
- 2015: Acuerdo de París.
- 2015: Agenda 2030 con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
📌 Dato clave (CEPAL):
“Cerca del 30% de la población en América Latina vive en pobreza. 29% tiene inseguridad alimentaria. 51,8% trabaja en la informalidad.”
El diagnóstico existe.
Los compromisos también.
Pero la brecha crece.
América Latina en emergencia: el espejo que Colombia no quiere ver
Si América Latina fuera un paciente,
estaría en terapia intensiva.
📌 Radiografía del continente:
- 10% de las emisiones mundiales de gases efecto invernadero.
- 58% por cambio de uso del suelo y deforestación.
- 160 millones sin acceso a agua potable.
- 8 millones sin acceso a electricidad.
- 0,6% del PIB en inversión en ciencia y tecnología.
- 19,9 homicidios por cada 100.000 habitantes.
- 67% de la basura en playas y costas proviene de fuentes terrestres.
💬 Enfoque:
“Seguimos intentando curar cáncer con aspirinas.”
Y Colombia, en este cuadro, no sale bien librada.
Según el Índice ODS 2022, ocupa el puesto 9 de 18 países en la región, con un nivel de “rezago moderado”.
Pero con retrocesos críticos en:
- ODS 10 (reducción de desigualdades) – rezago crítico
- ODS 8 (trabajo decente)
- ODS 14 (vida submarina)
- ODS 15 (vida de ecosistemas terrestres)
- ODS 16 (paz, justicia e instituciones sólidas)
📌 Metas nacionales (insumo):
- 100% acceso a energía eléctrica en 2030.
- 17,9% de tasa de reciclaje de residuos sólidos.
- 12,9 millones de hectáreas continentales protegidas.
- 5,6 millones de hectáreas marinas protegidas.
- Reducción del 20% en emisiones de gases efecto invernadero.
La pregunta es:
¿Tiene el país la musculatura institucional para cumplirlas?
El CIMAD: cuando la transdisciplinariedad se convierte en arma
El CIMAD, con más de 23 años de historia, no cree en soluciones aisladas.
Porque la sostenibilidad no es solo ambiental.
Es económica, social y de gobernanza.
💬 Enfoque:
“La transdisciplinariedad no es un lujo académico, es la única vía para abordar un problema que desborda fronteras conceptuales.”
Aquí no se trata de ingenieros midiendo emisiones,
sino de ingenieros, sociólogos, economistas y filósofos sentados en la misma mesa.
📌 Los cuatro pilares del desarrollo sostenible (insumo):
- Sostenibilidad económica
- Sostenibilidad social
- Sostenibilidad ambiental
- Gobernanza de los territorios
Este enfoque reconoce que no se puede proteger un bosque sin garantizar el sustento de quienes viven de él.
Ni promover energías limpias mientras se subsidia el carbón.
Ni hablar de reciclaje si la cultura del desecho domina.
Sostenibilidad vs. sustentabilidad: ¿administrar la crisis o transformar el sistema?
Hay una discusión clave en la academia:
- Sostenibilidad: gestión racional de recursos (usar menos, reciclar más).
- Sustentabilidad: transformación integral del sistema para preservar la vida.
💬 Enfoque:
“La primera es pragmática. La segunda es radical: cómo cambiamos las bases mismas del modelo económico.”
La universidad, al abrir este debate, lanza una provocación:
¿Nos contentamos con administrar la escasez?
¿O nos atrevemos a rediseñar la abundancia?
Porque mientras la Amazonía arde,
mientras las ciudades se ahogan en smog,
mientras los líderes ambientales son asesinados,
hablar de sostenibilidad sin transformación es solo maquillar la deuda del planeta.
El territorio como laboratorio: Caldas frente al espejo
La sostenibilidad no se decide en Nueva York.
Se construye en Manizales, Salamina, Chinchiná.
En Caldas, el modelo productivo ha sido el café.
Ahora, el reto es diversificar sin destruir,
crecer sin arrasar,
proteger sin condenar a la pobreza a miles de familias campesinas.
💬 Enfoque:
“La sostenibilidad no puede ser un mandato vertical, tiene que ser una construcción colectiva.”
Aquí entra la gobernanza ambiental:
mesas de concertación,
alianzas entre Estado, empresas y academia,
participación comunitaria.
Y en ese camino,
la Universidad de Manizales no puede ser espectadora.
Debe ser articuladora.
El pago de la deuda no es técnico, es ético
El Boletín N°1 del CIMAD no es un informe más.
Es un llamado de emergencia.
Porque la sostenibilidad no es un tema de indicadores.
Es un tema de ética, cultura y poder.
💬 Enfoque:
“La sostenibilidad no será posible mientras sigamos entendiendo el éxito como acumulación infinita en un planeta finito.”
La deuda que tenemos con el planeta no se paga solo con metas de reciclaje o áreas protegidas.
Se paga con decisiones diarias,
con políticas valientes,
con educación que transforme mentalidades.
Y con conocimiento que no se quede en las aulas,
sino que baje a los territorios,
como está haciendo el CIMAD.
El reto es claro:
o cambiamos el rumbo, o heredamos silencio.
Información adicional: 5 datos curiosos y relevantes
- 🌱 El CIMAD de la Universidad de Manizales tiene más de 23 años de experiencia en investigación aplicada.
- 📊 Colombia invierte apenas el 0,6% de su PIB en ciencia y tecnología, según CEPAL.
- 🌍 América Latina genera el 10% de las emisiones mundiales de gases efecto invernadero.
- 🔥 Más de 8 millones de personas en la región no tienen acceso a electricidad.
- 📚 El Documento CONPES 3918 (2018) es la hoja de ruta de Colombia para implementar los ODS.
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Porque la sostenibilidad no se construye con boletines.
Se construye con acción.
Anexo Editorial
El planeta en deuda: la sostenibilidad como último lenguaje común
La palabra “sostenibilidad” se repite tanto que corre el riesgo de volverse cliché. Sin embargo, detrás de ese término gastado se juega hoy la viabilidad de nuestras sociedades. La Universidad de Manizales lo sabe: lleva un cuarto de siglo tejiendo en la docencia, la investigación y la proyección social un discurso que no es solo pedagógico, sino vital. Y ahora, con el lanzamiento del Boletín N°1 del CIMAD —el Centro de Investigación en Medio Ambiente y Desarrollo—, se abre un frente de divulgación que busca ponerle cuerpo, números y rostro humano a una idea que, aunque nació como consigna internacional, tiene que aterrizar en territorios concretos como Caldas.
El punto de partida no es menor: el desarrollo sostenible, entendido en la fórmula clásica del Informe Brundtland de 1987, es aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las generaciones futuras. Un lema esperanzador, pero que nació como respuesta a una evidencia incómoda: el modelo económico dominante produce riqueza, sí, pero a costa de la destrucción de los ecosistemas. El progreso que celebramos es, en parte, una hipoteca contra el planeta.
Historia y tensiones del concepto: de la advertencia a la política global
Antes de que la ONU lo pusiera en actas, ya había voces de alarma. Paul Ehrlich, con The Population Bomb (1968), advertía del colapso demográfico; los Meadows, en The Limits to Growth (1972), modelaron los límites físicos del planeta frente a la economía expansiva; y Brundtland, en 1987, tradujo esas advertencias en mandato político. De allí vinieron la Cumbre de Río en 1992, el Acuerdo de París en 2015 y la Agenda 2030 con sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
El problema es que la retórica no siempre se traduce en resultados. La propia CEPAL lo expone con crudeza: casi un tercio de América Latina vive en pobreza, más de 160 millones de personas carecen de agua potable, la informalidad laboral golpea al 51,8% y el crecimiento económico no supera el 1% proyectado en las próximas décadas. A eso se suma el peso insoportable de los feminicidios, la inseguridad alimentaria y las emisiones crecientes.
Los diagnósticos existen, los compromisos también, pero la brecha entre lo que se promete y lo que se logra se agranda. Y en esa grieta nace la urgencia de un enfoque distinto: pasar del discurso técnico al terreno, de la estadística fría al compromiso social.
La radiografía latinoamericana y el espejo colombiano
Si América Latina fuera un paciente en sala de urgencias, el parte médico sería contradictorio: sobrevive, pero con fallas múltiples. Produce el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, buena parte por deforestación y cambio en el uso del suelo. Genera basura que termina en costas y océanos, mantiene niveles crónicos de violencia con tasas de homicidios de casi 20 por cada 100 mil habitantes, y al mismo tiempo invierte apenas el 0,6% del PIB en ciencia y tecnología. En otras palabras: seguimos intentando curar cáncer con aspirinas.
Colombia, en particular, aparece en el Índice ODS 2022 en un nivel de “rezago moderado”, con retrocesos críticos en igualdad (ODS 10) y serias deudas en trabajo decente, vida submarina, vida de ecosistemas terrestres y paz e instituciones sólidas. Aunque hay metas ambiciosas —100% de acceso a energía eléctrica en 2030, incremento de áreas protegidas, reducción de emisiones en 20%—, la pregunta es si el país tiene la musculatura institucional y política para cumplirlas.
La verdad incómoda es que gran parte de las metas ambientales se cumplen en el papel, mientras en los territorios los líderes sociales que defienden el agua o los bosques caen asesinados. Esa contradicción revela que la sostenibilidad no puede ser solo un checklist de indicadores: debe ser una transformación cultural y política.
La apuesta del CIMAD: de la academia al territorio
En este contexto, la Universidad de Manizales no habla desde la torre de marfil. El CIMAD, con más de 23 años de trayectoria y certificación del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, se ha planteado como laboratorio de investigación aplicada, transdisciplinaria y de diálogo entre saberes.
¿Por qué es clave este enfoque? Porque la sostenibilidad no cabe en un silo disciplinar. La ingeniería puede medir emisiones, pero necesita de la sociología para entender comportamientos, de la economía para diseñar incentivos, de la filosofía para interpelar la ética del consumo. La transdisciplinariedad no es un lujo académico, es la única vía para abordar un problema que desborda fronteras conceptuales.
El boletín lo dice sin rodeos: el desarrollo sostenible exige integrar economía, sociedad, ambiente y gobernanza territorial. En otras palabras, se trata de dejar de ver la naturaleza como un simple insumo y comenzar a reconocerla como el sistema que hace posible la vida. Esa reconfiguración implica no solo políticas públicas, sino también pedagogía ciudadana. Porque, ¿de qué sirve hablar de reciclaje si la cultura del consumo desechable se impone en la práctica? ¿Qué sentido tiene hablar de energías limpias si seguimos subsidiando el carbón y el petróleo?
Entre sostenibilidad y sustentabilidad: un debate necesario
En la discusión académica se diferencia entre sostenibilidad (gestión racional de recursos) y sustentabilidad (transformación integral del sistema para preservar la vida). La primera es pragmática: cómo usamos menos agua, menos energía, cómo reciclamos más. La segunda es radical: cómo cambiamos las bases mismas del modelo económico.
La universidad, al abrir este espacio de análisis, pone sobre la mesa una provocación: ¿nos contentamos con administrar la escasez o nos atrevemos a rediseñar la abundancia? Esa pregunta no es filosófica, es política. Porque cada día que pasa con la Amazonía ardiendo o con las ciudades asfixiadas por la contaminación es un día más en que las futuras generaciones heredan un planeta mutilado.
Gobernanza y territorios: el laboratorio caldense
El boletín también deja claro que la sostenibilidad no se juega en Nueva York ni en Bruselas, sino en los territorios. En Caldas, por ejemplo, donde el modelo productivo ha estado marcado por el café, el reto es gigantesco: diversificar sin destruir, crecer sin arrasar, proteger sin condenar a la pobreza a miles de familias campesinas.
Aquí la gobernanza ambiental es la palabra clave. No se trata de decretos nacionales, sino de mesas locales de concertación, de participación comunitaria, de alianzas entre Estado, empresas y academia. La sostenibilidad no puede ser un mandato vertical, tiene que ser una construcción colectiva. Y en ese camino, la universidad puede ser el articulador de un diálogo que de otra manera se dispersa.
La deuda que todos compartimos
La sostenibilidad es, en últimas, un lenguaje común en medio de un planeta fragmentado. No importa si se habla desde la CEPAL, desde la ONU o desde un aula en Manizales: todos los diagnósticos coinciden en que estamos en deuda. La pregunta es cómo la pagamos.
El CIMAD, al abrir este nuevo canal de difusión, propone que el pago se haga con conocimiento, con investigación aplicada, con transdisciplinariedad. Pero ese es apenas el primer paso. La deuda es también cultural, política y ética. Porque la sostenibilidad no será posible mientras sigamos entendiendo el éxito como acumulación infinita en un planeta finito.
El reto no es menor: estamos invitados a imaginar otra forma de habitar la tierra. Y esa invitación, aunque venga envuelta en boletines y cifras, es en realidad un grito de urgencia. O cambiamos el rumbo, o heredamos silencio.



