“La grandeza tiene que ser humildad”: el renacer de George Jiménez y la cocina como acto de resistencia en Manizales

En una cocina donde el humo de la parrilla se mezcla con el aroma de la tierra, George Jiménez no cocina. Cura. Cada plato es un acto de fe, de memoria y de resistencia. Tras un accidente que casi le arrebata la vida, tras perder a su hermana, tras ver a su madre desvanecerse en el Alzheimer, George no se rindió. Se convirtió en cenizas para renacer con una misión: que la gastronomía no sea solo arte, sino también sostenibilidad, inclusión y esperanza. Desde Manizales hasta Costa Rica, desde Portoviejo hasta la UNESCO, su viaje es el de una ciudad que quiere ser reconocida no por lo que tiene, sino por lo que es: humilde, creativa y profundamente humana.

¿Qué, cuándo y por qué? Todo en 60 segundos

George Jiménez, chef de La Beautiful Cocina Inusual en Manizales, ha vivido un año de transformación profunda: tras un grave accidente en 2023, resurgió con una visión más clara de su propósito. En 2025, representó a Colombia en la Semana de la Gastronomía con Propósito en Costa Rica, donde compartió su experiencia en sostenibilidad, y viajó a Portoviejo, Ecuador, para aprender de una ciudad reconocida por la UNESCO como Ciudad Creativa Gastronómica, mientras Manizales aspira al mismo título. A través de su restaurante, impulsa la inclusión, el reciclaje, el compostaje y el rescate de ingredientes ancestrales como el pepino relleno, convirtiendo la cocina en un acto de transformación social.


Costa Rica: cuando la sostenibilidad se cocina

Este año, George Jiménez no solo viajó. Fue convocado. Como representante de Manizales y de Colombia, participó en la Semana de la Gastronomía con Propósito en Costa Rica, un país que ha convertido la sostenibilidad en un estilo de vida.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Allí certificaron al primer ‘chef sostenible’. Eso me dejó pensando: ¿por qué no en Colombia?”

En el Hotel Hilton, George no solo cocinó. Predicó con el ejemplo. Presentó un menú sostenible que incluía fiambre arriero y pepino relleno, platos que rescatan ingredientes locales y técnicas tradicionales, pero con un enfoque moderno y responsable.

Costa Rica, con sus políticas ambientales avanzadas, fue un espejo. Un recordatorio de que la gastronomía no puede estar ajena al cuidado del planeta.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Desde la cocina puede salir belleza, pero también mucha basura. Tenemos que asumir la responsabilidad.”

Y en La Beautiful, esa responsabilidad ya es práctica:

  • Jabón hecho con grasa de freidoras.
  • Compostaje de residuos orgánicos.
  • Huerta en construcción para autosuficiencia.
  • Trabajo con productores locales.
  • Entrega semanal de reciclaje al movimiento No es basura.

Portoviejo: el espejo de Manizales

Después de Costa Rica, George viajó a Portoviejo, Ecuador, una ciudad declarada Ciudad Creativa Gastronómica por la UNESCO. No fue un viaje de turismo. Fue una misión.

Manizales también está postulada para ese reconocimiento. Y en Portoviejo, George encontró un modelo a seguir.

📌 La delegación incluyó:

  • Alcaldía de Manizales
  • Cámara de Comercio
  • Fenalco
  • Revista Gourmet Cafetero
  • Chefs y académicos

Recorrieron la plaza de mercado, conocieron a las portadoras de tradición y dialogaron con cocineros y gestores culturales.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“En Ecuador encontré un espejo. Allá el plátano es identidad cotidiana. Para nosotros, es el maíz.”

Descubrieron que lo que los une no son solo los ingredientes, sino la tierra, la historia, la adversidad.

💬 Voz oficial – Daniela Fernández, líder del programa de Industrias Creativas de Manizales:

“¡Vamos por buen camino! Regresamos con el corazón lleno de amor. Todos juntos hacemos esto posible.”


Cuatro compromisos con sabor

De ese encuentro nacieron cuatro acuerdos estratégicos:

  1. Aprender juntos: Universidades de ambas ciudades trabajarán en proyectos conjuntos de gastronomía, cultura y turismo.
  2. Compartir ferias: Cocineros y emprendedores se invitarán mutuamente a eventos gastronómicos.
  3. Mercados que inspiran: Manizales aprenderá del modelo de la plaza de mercado de Portoviejo, especialmente su iniciativa “Mercadazo”.
  4. Crear con identidad: Se impulsarán productos innovadores que mezclen saberes de ambas regiones.

💬 Voz oficial – Caterin Estrada, jefa de Internacionalización de Manizales:

“Esta alianza nos permite fortalecer nuestro ecosistema gastronómico.”


Más allá de las ollas: la verdadera identidad manizaleña

Se habla mucho de las ollas como símbolo gastronómico de Manizales. George no lo niega. Pero tampoco lo celebra como única identidad.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Las ollas son parte de nuestra historia, pero no nos definen.”

Para él, la identidad manizaleña es más profunda:

📌 Platos que nos definen:

  • Fiambre arriero (herencia antioqueña)
  • Fríjol, cerdo, chicharrón, chorizo
  • Hogao (la base de todo)
  • Sancocho de uña, mondongo, chuleta apanada
  • Azorrete, indio de repollo
  • Dulces de cola de ratón, obleas, solteritas

Y, sobre todo, el pepino relleno o caigua, un ingrediente humilde, ancestral y versátil.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Mi sueño es que un día se reconozca como un plato de orgullo, como el chile en nogada en México.”

El pepino relleno no es solo comida. Es soberanía alimentaria. Crecen en cualquier patio, no necesitan pesticidas, y pueden rellenarse con lo que hay: pollo, arroz, queso.


La Beautiful: un templo de la gastronomía con alma

La Beautiful Cocina Inusual no es un restaurante. Es un movimiento.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Es un templo de la gastronomía. Un espacio que cambia todos los días, que innova pero también conserva tradición.”

Allí, la cocina no es solo técnica. Es amor, inclusión, transformación.

📌 Principios de La Beautiful:

  • No se desperdicia nada. Las cáscaras se convierten en comida para el personal, en compost o en jabón artesanal.
  • Inclusión laboral. Trabajan con madres cabeza de familia y personas con capacidades diversas.
  • Laboratorio creativo. No quiere ser solo un restaurante de autor, sino un espacio para crear colectivamente.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Quiero que La Beautiful sea de todos. Un lugar donde recuperemos recetas olvidadas y generemos impacto real.”


El accidente: morir para renacer

En 2023, George no solo sufrió un accidente. Murió.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Pensé que perdería la mano y que mi vida como cocinero había terminado.”

Estuvo 40 días hospitalizado, con cirugías constantes. Quemaduras graves. Dolor físico y emocional.

Ese mismo año, su hermana murió, su madre entró en un Alzheimer avanzado, y él se quedó sin sostén familiar.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Sentí que me había muerto en vida.”

Pero en medio del derrumbe, se arrodilló.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Le pedí a Dios que me levantara. Y lo hizo.”

Se volvió cenizas para que Él me moldeara de nuevo.

Hoy, cree que su grandeza no es el talento, ni la fama, ni los reconocimientos.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Mi grandeza es la humildad.”


Visión de Manizales: una ciudad creativa que se reconoce

George no tiene dudas: Manizales tiene todo para ser un polo gastronómico y creativo.

📌 Ventajas de la ciudad:

  • Pisos térmicos (biodiversidad extrema).
  • Agua pura.
  • Aire fresco.
  • Gente cálida y creativa.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Nuestra ciudad es fruto de la adversidad de la montaña. Eso nos hizo ingeniosos, resilientes, pujantes.”

Pero el reto no es solo atraer turismo. Es hacerlo con sostenibilidad, humildad e identidad.

💬 Voz oficial – George Jiménez:

“Mi propuesta es que La Beautiful sea un laboratorio gastronómico para la ciudad.”

Un espacio donde:

  • Se diseñen menús.
  • Se rescaten platos ancestrales.
  • Se genere turismo cultural y gastronómico.

La cocina como acto de resistencia

George Jiménez no cocina para impresionar. Cocina para sanar.

Sanar el planeta, con sostenibilidad.
Sanar la comunidad, con inclusión.
Sanar el alma, con tradición.
Sanar su propio corazón, con cada plato.

Y en ese proceso, está ayudando a sanar a Manizales.

Porque en una ciudad que aspira a ser reconocida por la UNESCO, no basta con tener buenos restaurantes. Hay que tener una visión.

Y George la tiene: la grandeza no está en el ego, sino en la humildad.


Información adicional: 5 datos que debes conocer

  1. La Beautiful fue fundado en 2018 y se ha convertido en un referente de cocina de autor con conciencia social.
  2. El pepino relleno es un plato ancestral presente en la cocina andina desde antes de la conquista.
  3. Portoviejo fue nombrada Ciudad Creativa Gastronómica por la UNESCO en 2021.
  4. Manizales postuló su candidatura ante la UNESCO en 2024, con apoyo de más de 50 entidades.
  5. El movimiento No es basura ha reciclado más de 100 toneladas de residuos en Manizales desde 2020.

¿Qué opinas tú?

  1. ¿Qué plato de Manizales crees que debería ser símbolo de la ciudad?
  2. ¿Cómo podemos hacer que la sostenibilidad sea parte de cada cocina en la ciudad?
  3. ¿Qué otras alianzas internacionales podrían fortalecer la gastronomía de Manizales?

👉 Comparte tu opinión. Etiqueta a alguien que deba conocer esta historia.


Epígrafes de la crónica

  1. Llamado desde la Costa: el viaje que todo lo conecta
    Inicio vibrante que sitúa el viaje a Portoviejo como detonante narrativo, marcando un vínculo entre dos ciudades y culturas latentes.
  2. Cocinas hermanas: saludos, saberes y promesas gastronómicas
    La llegada de George y Daniela; encuentros oficiales con las autoridades de Portoviejo y primeras escenas de intercambio.
  3. Más allá de la UNESCO: plátano, maíz y hospitalidad en vivo
    Descripción de visitas al mercado, parroquias y plazas; escenas sensoriales, sabores y olores; primera voz del chef compartiendo aprendizajes.
  4. Una historia de reconstrucción: renacer tras el fuego
    Breve flashback sobre el accidente, el derrumbe espiritual y la construcción de una nueva versión de George.
  5. La Beautiful se expande: Manizales en cada receta compartida
    Cómo George proyecta su restaurante como una narrativa ciudadana; conexiones simbólicas con Portoviejo y visión de futuro.
  6. Manizales hermana: identidad, creatividad y retos por venir
    Contexto cultural y social de Manizales como potencia creativa; potencial de la gastronomía como motor de transformación.
  7. El regreso pendiente: hacia una candidatura con sabor a diálogo
    Cierre reflexivo: ¿qué quedó sembrado en Portoviejo? La expectativa del 31 de octubre, la candidatura UNESCO y el regreso con propósitos colectivos.

Llamado desde la Costa: el viaje que todo lo conecta

“Nuestra grandeza tiene que ser nuestra humildad”. La frase la lanzó George en Portoviejo, Ecuador, al cierre de una agenda binacional que buscaba hermanar a esa ciudad costera con Manizales. No sonó a consigna protocolaria, sino a confesión íntima. Más que un eslogan, era la traducción de lo que había sentido durante esos días: que la cocina une más que cualquier tratado, que los pueblos se entienden mejor en un mercado que en una sala de juntas.

El avión que llevó a George hasta Puerto Viejo, Ecuador, lo depositó en una ciudad donde la humedad del mar se mezcla con el olor de los plátanos recién fritos y el barro fresco de las ollas de mercado. Para cualquiera habría sido un viaje más, un evento de cooperación internacional, otro encuentro institucional. Pero para él, cocinero, publicista y soñador empedernido, fue mucho más que eso: una revelación, una confirmación de que la cocina es un lenguaje capaz de atravesar fronteras, de tejer lazos invisibles entre pueblos que, sin habérselo propuesto, laten con un mismo corazón.

Portoviejo no lo recibió como turista, sino como hermano. Allí, la ciudad se prepara para mostrarle al mundo su título de Ciudad Creativa Gastronómica otorgado por la UNESCO, y George llegó en representación de Manizales, postulada también a esa distinción. No iba solo: venía en nombre de la Alcaldía, la Cámara de Comercio, Fenalco, el sector académico y cultural. Pero más que un enviado oficial, él mismo se sentía una vasija cargada de memoria, un cuerpo dispuesto a vaciar sus saberes y llenarse de los ajenos. “Definitivamente lo que nos conecta es la tierra. Aquí no hay barreras, no hay límites. No hay fronteras más allá de las que nosotros mismos nos inventamos”, recuerda.

Ese primer encuentro tuvo un aire diplomático, casi solemne: autoridades, portadoras de tradición, chefs, académicos, gremios y gestores reunidos alrededor de una mesa que, más que espacio físico, se convirtió en altar. Pero George no tardó en romper la rigidez del protocolo. Entre saludos y discursos, sacó de su repertorio un gesto de hospitalidad: la arepa. La misma que desde niño había amasado con las manos manchadas de maíz, la llevó ahora hasta tierras ecuatorianas. Y en ese intercambio, descubrió que ellos también tenían un grano que lo era todo: el plátano.

Los ecuatorianos lo usan para desayunar, almorzar y cenar, en sopas, guisos, frituras y panes. “Ellos comen plátano a cualquier hora. Es su maíz, su identidad cotidiana”, dice George, fascinado por el hallazgo. El diálogo entre ambas cocinas fue tan sencillo como profundo: arepas frente a patacones, maíz junto a plátano, café al lado de cacao. Y en medio de esas combinaciones, la certeza de que la grandeza de Latinoamérica no está en la sofisticación de la alta cocina, sino en la humildad de sus ingredientes.

George no es ingenuo: sabe que los encuentros institucionales muchas veces se quedan en discursos. Por eso insiste en que su experiencia fue distinta. Lo que se cocinó en Portoviejo fue más que un acuerdo: fue un espejo. Manizales se miró en aquella ciudad costera y se reconoció en su manera de entender la vida a través de la comida. Lo comprobó caminando por la plaza de mercado, viendo cómo el barro y la tierra se convierten en vasijas y hornos, cómo los vendedores narran historias que huelen a panela y pescado seco. “Nos dimos cuenta de que lo que nos une no es solo un sabor o una técnica, sino el corazón latinoamericano que late cada vez más fuerte”, asegura.

La visita también dejó en él un eco más íntimo. Mientras en Portoviejo hablaban de tradición y sostenibilidad, George recordaba su propia lucha por rescatar un ingrediente en Manizales: el pepino de rellenar, o caigua, como lo llaman en Ecuador. No fue casualidad que lo cocinara también allá, ni que descubriera que lo tateman —parrillado, ahumado— en lugar de hervirlo. “Ese pepino es un tesoro escondido, un plato humilde que puede ayudarnos a hablar de soberanía alimentaria. Yo quiero que algún día tenga para nosotros la importancia que en México tiene el chile en nogada”, repite como un mantra. Así, el viaje no solo confirmó la hermandad entre ciudades, sino que reavivó su propia cruzada por rescatar las recetas de las abuelas.

La agenda oficial cerró con un comité binacional. Discursos, fotos, firmas. Pero George se quedó con otra imagen: la de las portadoras de saberes, esas mujeres que, como su propia abuela en Manizales, guardan en la memoria la alquimia del barro, los secretos de los frijoles, el gesto repetido de envolver un fiambre. Fue entonces cuando lanzó una advertencia que no sonó a consigna, sino a convicción: “Nuestra grandeza tiene que ser nuestra humildad. Porque si nos declaramos ciudades creativas, no podemos olvidar de dónde venimos. No podemos perder la humildad”.

La frase quedó flotando en el aire, como un ingrediente más en la sopa compartida. Y quizá allí esté la clave del viaje: no se trataba de conseguir un título para la UNESCO, sino de encontrar en otro territorio el reflejo de una identidad que Manizales empieza a reclamar con más fuerza. Portoviejo fue el detonante, pero lo que en realidad se encendió fue un fuego más amplio: el de la cocina como territorio común, como idioma ancestral que conecta a dos pueblos más allá de cualquier frontera.

Portoviejo, declarada por la UNESCO como Ciudad Creativa Gastronómica, se convirtió en escenario de un experimento cultural y político que iba mucho más allá de los acuerdos formales. Manizales quiere seguir ese mismo camino y presentó su postulación. Por eso, la visita de la delegación caldense —entre funcionarios, académicos y cocineros— tenía un peso estratégico. Pero George no llegó como burócrata, sino como emisario de memoria. Trajo consigo recetas, historias de fogón y la convicción de que el verdadero diálogo se da a punta de ollas compartidas.


Cocinas hermanas: saludos, saberes y promesas gastronómicas

La delegación de Manizales aterrizó en Portoviejo con la mezcla de ansiedad y expectativa que acompaña a quienes viajan con una misión cultural a cuestas. Entre ellos estaban George y Daniela, dos cocineros con acentos distintos pero un mismo propósito: representar a su ciudad no solo con palabras, sino con la fuerza tangible de la comida. Los recibió un comité de autoridades locales, funcionarios de cultura y turismo, académicos y cocineras tradicionales que habían puesto la mesa no para un banquete, sino para un diálogo.

El protocolo fue inevitable: discursos de bienvenida, saludos formales, intercambios de placas y fotografías oficiales. Pero incluso en ese escenario solemne, se sentía la atmósfera de algo diferente. La mesa no estaba cubierta con carpetas ni memorandos, sino con frutas, panes y preparaciones sencillas. El gesto era claro: en Portoviejo, la política cultural se cocina y se sirve.

La presencia de Manizales no era casual. En Colombia, la ciudad había decidido dar el paso de postularse como Ciudad Creativa Gastronómica ante la UNESCO, y el viaje a Ecuador tenía el objetivo de aprender de quienes ya lo habían logrado. Para George, sin embargo, la misión trascendía la diplomacia. Él veía en esa visita una oportunidad de comprobar que lo que se está gestando en su tierra —esa búsqueda por rescatar recetas olvidadas, esa insistencia en la sostenibilidad y el cero desperdicio— no era un esfuerzo aislado, sino parte de una conversación continental.

La primera gran lección la recibieron en la plaza de mercado de Portoviejo. Allí los esperaba un grupo de portadoras de tradición, mujeres que habían heredado de sus madres y abuelas la manera de trabajar el plátano, el maíz, el pescado y la caña. George caminaba entre puestos con la misma reverencia con que se recorre un templo. Tocaba con las manos las ollas de barro, preguntaba por los nombres locales de las frutas, probaba bocados de frituras recién sacadas del aceite. “Fue como volver a casa, pero en otra tierra. El barro y la tierra nos conectan, aunque las recetas cambien”, confiesa.

El intercambio de saberes se dio de manera natural. Mientras las cocineras ecuatorianas mostraban cómo se convierte el plátano en base de todas las comidas del día, George respondía con su propia versión de hospitalidad: la arepa. La preparó allí mismo, improvisando con los utensilios disponibles, y compartió con los presentes no solo un alimento, sino un relato de origen. Explicó cómo el maíz en Manizales no es solo un grano, sino un símbolo de resistencia, de colonización antioqueña, de identidad arriera. Las caras de los ecuatorianos reflejaban sorpresa y reconocimiento; de algún modo, se estaban viendo en un espejo.

A la par de estas escenas, los encuentros oficiales mantenían su ritmo. Se discutía sobre proyectos conjuntos, programas de formación, posibilidades de intercambio académico y estrategias para fortalecer la candidatura de Manizales. Daniela intervenía con claridad, hablando de la importancia de articular a la academia y los gremios, mientras George volvía una y otra vez sobre un punto: la sostenibilidad no puede ser solo una etiqueta para conseguir un título, tiene que ser una práctica diaria. Recordó cómo en La Beautiful hacen jabón con la grasa de las freidoras, compostan los residuos, cuidan cada cáscara como si fuera un ingrediente más. “En la cocina puede salir basura o belleza; nosotros decidimos qué sale”, repitió.

Esa insistencia, lejos de sonar fuera de lugar, fue recibida con interés. Alejandro Madrigal, uno de los gestores del proyecto ecuatoriano, coincidía en que la clave del reconocimiento UNESCO no estaba en la magnitud de los festivales ni en la fama de los chefs, sino en el modo en que las comunidades cuidan sus prácticas cotidianas. Fue entonces cuando el concepto de cocinas hermanas cobró un sentido más amplio: no se trataba solo de que dos ciudades firmaran una alianza, sino de que compartieran la convicción de que la tradición y la sostenibilidad son inseparables.

La jornada terminó con un almuerzo colectivo. En la mesa, las recetas de allá y de acá se mezclaban sin jerarquías: patacones al lado de arepas, guisos de pescado junto a fríjoles, dulces de panela junto a café manizaleño. Fue un menú improvisado, pero precisamente por eso revelador: la cocina, cuando se deja fluir, crea puentes imposibles de planear en un despacho. Entre bocado y bocado, George pensaba en voz alta: “Lo que estamos haciendo aquí no es un protocolo, es un pacto. Un pacto de tierra, de barro, de ingredientes humildes que nos recuerdan que somos lo mismo”.

Ese día, las cocinas hermanas de Portoviejo y Manizales no necesitaron un acta para existir. Se fundaron en un saludo con las manos manchadas de maíz, en un saber compartido sobre el plátano, en la promesa de que la creatividad no es un lujo, sino un deber ancestral. Y en la certeza de que, al final, la verdadera diplomacia se cocina a fuego lento.


Más allá de la UNESCO: plátano, maíz y hospitalidad en vivo

El verdadero examen de Manizales en Portoviejo no se rindió en un auditorio con micrófonos, sino en los pasillos húmedos de la plaza de mercado. Allí, donde las voces de las vendedoras se mezclaban con el golpe de los cuchillos sobre la madera y el humo de los fogones improvisados, George se sintió en casa. “Cuando camino entre estas ollas de barro, siento que estoy en la Galería de Manizales”, dijo mientras probaba un caldo de pescado que le ofrecía una cocinera ecuatoriana. La diferencia estaba en los ingredientes: allá, el plátano sustituye al maíz como base de toda la alimentación.

El contraste lo impresionó. En Ecuador, el plátano aparece desde la primera hora del día, en sopas calientes que reaniman a los madrugadores; a mediodía, frito y aplastado en patacones; en la tarde, rallado y convertido en masa; en la noche, hervido como acompañante. “Ellos comen plátano a cualquier hora. Para ellos es lo que para nosotros es el maíz: un lenguaje cotidiano, un código cultural”, explicó George, fascinado por esa repetición que nunca resulta monótona. La versatilidad del fruto le recordó que las cocinas populares se sostienen en la humildad de lo disponible, en la creatividad que surge de lo limitado.

Mientras avanzaba entre los puestos, no dejaba de hacer preguntas: cómo se preparaba tal sopa, qué nombre recibía cierta variedad de banano, de dónde provenía el cacao que se vendía en barras envueltas en hojas. Una mujer le ofreció una caigua, ese pepino de rellenar que para George es casi una causa personal en Manizales. La sostuvo entre sus manos como si hubiera encontrado un viejo amigo. “Este pepino también vive aquí”, comentó, sorprendido. Y recordó cómo en su infancia lo veía crecer en el patio de su abuela, trepando por la enredadera, convertido en plato de fiesta y luego condenado al olvido por considerarse “baboso”. En Ecuador, en cambio, lo tateman al fuego, lo rellenan con especias y lo celebran como parte de la vida diaria. Ese hallazgo reforzó su convicción: el rescate de la caigua no era solo un capricho local, sino un gesto continental de soberanía alimentaria.

Los anfitriones quisieron mostrarles más que el mercado. Los llevaron a parroquias rurales donde los hornos de leña todavía perfuman el aire con pan de yuca recién horneado, a cocinas comunitarias donde se preparan sancochos colectivos para las fiestas patronales, a plazas pequeñas donde los niños corren entre sacos de maíz y pescados tendidos al sol. En cada parada, George sacaba una libreta y hacía anotaciones rápidas: nombres de platos, descripciones de técnicas, pequeñas historias que luego podrían convertirse en recetas o en narraciones de fogón.

La hospitalidad era tan natural que parecía coreografiada. Una señora insistió en que probara su chicha de maíz fermentado; otra, que se llevara un manojo de hierbas “para el susto y el mal de ojo”. George aceptaba todo con una mezcla de curiosidad profesional y gratitud personal. “Aquí uno entiende que la cocina no es solo sabor, es medicina, es espiritualidad, es la forma en que la gente se protege y se acompaña”, reflexionaba mientras sorbía lentamente la bebida turbia y espesa.

El diálogo entre plátano y maíz se convirtió en metáfora de toda la experiencia. En una de las cenas compartidas, George preparó arepas con fríjoles y hogao, mientras los ecuatorianos servían patacones con pescado y salsa criolla. Nadie se preocupó por decidir cuál plato era “mejor”; lo importante era cómo los sabores se complementaban. “Esto no es una competencia, es un abrazo. Un abrazo que sabe a plátano y a maíz”, dijo entre risas, con la boca todavía manchada de hogao.

Más allá de los actos oficiales, fue ese intercambio sensorial lo que convenció a George de que el camino hacia la UNESCO no podía basarse solo en documentos. “Si queremos ser Ciudad Creativa Gastronómica, tenemos que empezar por reconocernos en nuestras plazas de mercado, en nuestras abuelas, en los platos que nos daban cuando estábamos enfermos o de fiesta. No podemos aspirar al título si olvidamos que la creatividad nace de la tierra y del barro”, reflexionó al final de la jornada.

Lo que Manizales aprendió en Portoviejo no se resume en cifras ni en planes de acción, sino en olores y texturas: el humo del tatemado, la dulzura del cacao, la frescura de la caigua recién cortada, el calor pegajoso de las cocinas comunitarias. Aprendió que la hospitalidad es también un patrimonio, que la generosidad de ofrecer un plato de más en la mesa es un gesto tan político como una firma en un acta de entendimiento.

Esa experiencia, para George, fue una revelación: entender que lo que une a las cocinas de Latinoamérica no es la sofisticación de la alta gastronomía, sino la humildad de sus ingredientes cotidianos. Y que lo que realmente puede darle fuerza a la candidatura de Manizales no es solo la estrategia institucional, sino la memoria viva que se guarda en cada olla popular, en cada pepino relleno olvidado, en cada mercado que sigue resistiendo a la homogeneización del consumo.


Una historia de reconstrucción: renacer tras el fuego

No todo en la vida de George huele a maíz recién molido o a plátano dorado en aceite. Detrás del cocinero que sonríe en Portoviejo, detrás del hombre que improvisa arepas para tender puentes diplomáticos, hay una cicatriz que lo atraviesa entero. Y no es una metáfora: en 2023, un accidente en Cali lo dejó con quemaduras tan graves que lo obligaron a pasar cuarenta días hospitalizado.

La chispa se volvió llamarada en cuestión de segundos y alcanzó de lleno sus manos —esas manos que son su herramienta y su identidad. El dolor fue inmediato, insoportable, pero lo peor vino después: la certeza de que podía perderlas, de que su carrera y su vocación se apagaban en un instante.

Pasó cuarenta días hospitalizado en Cali. Cuarenta, como si el destino hubiese decidido repetir los números bíblicos: los cuarenta del diluvio, los cuarenta del desierto, los cuarenta de la prueba. Tres veces por semana lo llevaban a cirugía reconstructiva, con anestesia general y el cuerpo convertido en campo de batalla. El tiempo en la clínica se hizo eterno. “Sentí que me había muerto”, confiesa ahora, sin dramatismos innecesarios, como quien narra un hecho consumado.

Pero la prueba no se limitó al accidente. Ese mismo año, su hermana murió. Ella era su sostén, su compañera, la base emocional que lo mantenía de pie. Y como si fuera poco, su madre entró en un Alzheimer avanzado, grado siete, hasta convertirse en un recuerdo borroso de lo que había sido. George se quedó sin anclas: sin el cuerpo, sin la familia, sin la certeza de que la vida seguía. “Me morí en vida —dice—. No se me apagó solo la piel, se me apagó la existencia”.

Lo que siguió fue un derrumbe y una entrega. En la soledad de la clínica, con los vendajes apretados y las noches interminables, George se arrodilló. No ante médicos ni ante protocolos, sino ante Dios. Le pidió que lo sostuviera, que lo rehiciera de nuevo. Y en esa oración encontró un hilo. “Me volví cenizas para que el alfarero me moldeara otra vez”, dice con la voz de quien habla desde la experiencia y no desde el dogma.

El renacer no fue inmediato. Hubo dolor, recaídas, terapias, miedo. Hubo días en que la mano parecía no responder, en que el futuro se presentaba como un terreno baldío. Pero poco a poco, entre el dolor físico y la oración, apareció una certeza nueva: que la grandeza no estaba en la fama ni en los títulos, sino en la humildad. Que su propósito no era acumular premios, sino transformar vidas a través de la cocina.

Ese aprendizaje lo acompaña ahora a todos lados. Cuando habla de sostenibilidad, no lo hace como un chef que sigue una moda verde, sino como alguien que sabe lo que significa perderlo todo y volver a empezar. Cuando habla de rescatar recetas humildes como el pepino relleno, no lo hace por nostalgia romántica, sino porque entiende que allí hay un secreto de resistencia. Y cuando insiste en que La Beautiful debe ser un laboratorio de todos y para todos, lo hace desde la convicción de quien supo lo que significa estar solo, al borde de perderlo todo, y sobrevivir gracias a la solidaridad de otros.

En sus propias palabras: “El año pasado me quemé, me derretí, me volví barro otra vez. Y Dios me rehizo. Descubrí que estoy hecho de grandeza, pero que mi grandeza es mi humildad. Porque por muy grande que llegue a ser, nunca voy a perder la humildad”.

Ese es el George que viaja ahora, el que en Portoviejo levanta un pepino con orgullo y lo llama “tesoro”. El que repite que la cocina puede ser basura o belleza, según cómo se la mire. El que insiste en que las ciudades no se hacen creativas por decreto, sino por la manera en que cuidan sus plazas, sus portadoras, sus platos sencillos. El fuego, paradójicamente, lo volvió más consciente de la fragilidad de todo. Y en esa fragilidad encontró la fuerza para volver a empezar.

Por eso su relato de renacer no es un paréntesis biográfico, sino un ingrediente más de su propuesta. Como el humo del tatemado que da sabor al pepino en Ecuador, el fuego de 2023 lo marcó para siempre. Ahora, cada vez que prende un fogón, sabe que se enfrenta no solo a una receta, sino a la memoria de un cuerpo que ya estuvo en cenizas y que, contra todo pronóstico, volvió a levantarse.


La Beautiful se expande: Manizales en cada receta compartida

Para George, La Beautiful nunca ha sido un simple restaurante. Desde que abrió sus puertas en Manizales, la definió como un “templo de la gastronomía”, un espacio en el que cada plato debía ser más que comida: debía ser relato, memoria y experiencia compartida. Por eso, cuando viaja, no lo hace solo en nombre propio; lleva consigo la voz de esa cocina que en pocos años se convirtió en símbolo de reinvención y resistencia.

En Portoviejo, cada conversación con cocineros y portadoras de tradición ecuatorianas terminaba conectándose con lo que él está intentando construir en Manizales. Cuando veía a una mujer pelar plátanos para el desayuno, recordaba a las madres cabeza de familia que trabajan con él en La Beautiful. Cuando observaba cómo el barro se moldeaba en vasijas para cocinar, pensaba en su propia cruzada por reivindicar el pepino relleno como plato emblemático. Y cuando hablaba de sostenibilidad, no lo hacía desde la teoría, sino desde la práctica que se vive a diario en su cocina: compostar, reciclar, aprovechar cada cáscara, convertir la grasa de las freidoras en jabón artesanal.

“Si me quieren ver bravo, boten comida”, repite a quien quiera escucharlo. Esa consigna, que parece un regaño doméstico, es en realidad un manifiesto: en La Beautiful, cada residuo debe transformarse en algo útil. Lo que no se sirve al cliente se aprovecha en la comida del personal o se dona a quienes lo necesitan; lo que no se puede comer se convierte en compost o en jabón gracias a la marca de su sobrina. Así, el círculo se cierra y la cocina deja de ser un espacio de desperdicio para convertirse en un taller de sostenibilidad.

Esa filosofía fue la que más llamó la atención en Ecuador. En medio de las conversaciones oficiales sobre creatividad y gastronomía, George insistía en que no basta con rescatar recetas tradicionales o con innovar en la carta: el verdadero desafío es asumir la cocina como una responsabilidad social y ambiental. “En la cocina puede salir belleza o basura. Nosotros decidimos cuál de las dos ponemos en el mundo”, explicó en una de las charlas, y muchos asentían con la convicción de quien entiende que la comida es también política.

Pero La Beautiful es mucho más que un laboratorio verde. Es, sobre todo, una narrativa ciudadana. George habla de ella como si fuera un personaje vivo, en constante metamorfosis. “Todos los días cambia, todos los días se transforma”, asegura. Y esa transformación refleja la propia dinámica de Manizales, una ciudad que busca definirse más allá de las etiquetas heredadas: ni solo cafetera, ni solo taurina, ni solo universitaria, sino también gastronómica, creativa y hospitalaria.

Por eso, en Portoviejo, La Beautiful se presentó como un símbolo de lo que Manizales puede ofrecer al mundo. No una cocina de autor encerrada en la vanidad del chef, sino una experiencia que mezcla innovación con tradición, impacto social con memoria ancestral. Así como en Ecuador el plátano es identidad, en Manizales el fiambre arriero, el mondongo, el pepino relleno o el zancocho de uña son más que platos: son formas de narrar quiénes somos.

George lo sabe y por eso insiste en que su proyecto no le pertenece solo a él. “La Beautiful no es mía, es de Dios, y mi sueño es que sea de todos”, dice. Su visión es que el restaurante funcione como un laboratorio abierto, donde estudiantes de cocina, académicos, artistas y comunidades puedan experimentar. Jugar con ingredientes, crear menús que dialoguen con otras ciudades, recuperar recetas olvidadas, construir puentes con Portoviejo, con Costa Rica, con cualquier lugar que comparta la convicción de que la creatividad nace de la humildad.

En esa proyección hay un eco evidente de su propia historia. El fuego que casi lo destruyó lo convenció de que la grandeza está en la sencillez. Y ahora cada plato que sale de su cocina lleva esa marca: un recordatorio de que la comida puede ser al mismo tiempo alimento, resistencia y esperanza.

Cuando habla del futuro, lo hace en plural. Imagina una Manizales reconocida por su creatividad gastronómica, donde los turistas lleguen no solo a las ferias, sino a los mercados, a los barrios, a probar un pepino relleno cocinado por una abuela. Imagina a La Beautiful convertida en centro de experimentación y orgullo colectivo, un espacio donde se diseñen menús que viajen, como lo hizo él, para encontrarse con otros sabores y narrativas.

Y en esa visión, lo que ocurrió en Portoviejo se convierte en una señal: la confirmación de que el camino es posible. Así como las arepas y los patacones se entendieron sin traducción, así también las ciudades pueden reconocerse en la mesa. La Beautiful, en ese sentido, ya no está en una calle de Manizales: se expande en cada receta compartida, en cada conversación con cocineras ecuatorianas, en cada promesa de que la gastronomía puede ser un lenguaje común para hablar de identidad y de futuro.


Manizales hermana: identidad, creatividad y retos por venir

Hablar de gastronomía en Manizales es hablar de una ciudad que todavía busca reconocerse a sí misma. Durante décadas, el relato identitario estuvo marcado por otros símbolos: la feria taurina, la condición universitaria, la cercanía al café. La comida, aunque siempre presente, permanecía en segundo plano, relegada a las cocinas domésticas y a las fondas de carretera. Sin embargo, en los últimos años ha emergido con fuerza un discurso distinto: la idea de que la mesa puede ser motor de identidad, economía y cultura.

George lo resume con una frase sencilla: “Manizales lo tiene todo”. Y no se refiere solo a la geografía, aunque la mención es inevitable. Pocos lugares concentran en un mismo territorio pisos térmicos tan variados, que permiten cultivar desde frutas tropicales hasta hortalizas de páramo. La ciudad respira uno de los aires más puros del continente y bebe una de las aguas más potables del mundo. El insumo está ahí, al alcance de la mano; lo que faltaba era la conciencia de convertirlo en narrativa compartida.

Esa conciencia se alimenta de un trasfondo histórico. Manizales es fruto de la colonización antioqueña, del espíritu arriero que empujó mulas cargadas de panela, maíz y café por caminos de herradura. Esa herencia dejó un repertorio culinario propio: el fiambre envuelto en hoja, el zancocho de uña, el mondongo servido en cazuela, la chuleta apanada con ensalada de repollo. Platos que no alcanzaron el estatus de “gastronomía de exportación”, pero que conservan la memoria de un pueblo resiliente. “A nosotros no nos define la bandeja paisa —dice George—. Nos define el fríjol, el chicharrón, el fiambre arriero. Somos hijos del cerdo, del arroz, del hogao que perfuma la cocina”.

En Portoviejo, esa reflexión cobró un sentido inesperado. La ciudad ecuatoriana, reconocida ya como creativa por la UNESCO, mostró que no se trata de inventar un menú sofisticado para llamar la atención internacional, sino de mirar con respeto lo propio. Allí, el plátano se convirtió en bandera, en identidad cotidiana. En Manizales, ¿por qué no podría hacerlo el pepino relleno, el azorrete, el indio de repollo? La creatividad, entendida así, no surge de la vanguardia molecular, sino de la capacidad de transformar en orgullo lo que siempre estuvo en la mesa.

El reto está en traducir ese potencial en un proyecto colectivo. La postulación de Manizales como Ciudad Creativa Gastronómica ante la UNESCO no es solo un trámite administrativo: es un llamado a que la ciudad se reconozca en su diversidad culinaria y la use como palanca de desarrollo. Implica que las instituciones trabajen de la mano con las portadoras de saberes, que la academia se conecte con los mercados populares, que los chefs emergentes dialoguen con las abuelas. Implica, en últimas, entender que la comida es un asunto político, social y ambiental.

En ese camino, la figura de George funciona como símbolo pero también como provocación. Su discurso de sostenibilidad y rescate ancestral cuestiona la manera en que consumimos y producimos alimentos. Su insistencia en el cero desperdicio interpela a restaurantes que aún ven normal tirar cáscaras y sobras. Y su visión de La Beautiful como laboratorio colectivo pone sobre la mesa una idea incómoda: que la creatividad no puede ser privilegio de unos pocos, sino ejercicio compartido.

La ciudad, por su parte, tiene oportunidades y riesgos. La oportunidad está en diversificar su economía: si las corridas de toros, que por décadas movilizaron la feria y el turismo, están en riesgo de desaparecer, la gastronomía puede ocupar ese lugar como motor cultural y económico. También está en consolidar un turismo distinto, no solo de feria o de paso, sino de experiencias ligadas a la comida, a los mercados, a la ruralidad cercana. El riesgo, en cambio, es caer en la trampa de la gentrificación: convertir la cocina en espectáculo para visitantes y perder de vista a quienes la sostienen día a día.

George lo advierte con claridad: “Nuestra grandeza tiene que ser nuestra humildad. Si llegamos a ser Ciudad Creativa, no podemos olvidar a la gente que cocina en las calles, a las madres cabeza de familia, a los campesinos que nos traen el maíz. No podemos repetir lo que pasó en otras ciudades donde el turismo borró la identidad en lugar de fortalecerla”.

Esa humildad implica también un compromiso de sostenibilidad. La cocina puede ser basura o belleza, dice él. En una ciudad como Manizales, ubicada en un ecosistema frágil, el desperdicio no es solo un problema moral sino ambiental. Compostar, reciclar, aprovechar, se convierten en actos de ciudadanía tanto como de cocina. La creatividad gastronómica, en ese sentido, no se mide en platos decorados con flores, sino en la capacidad de generar impacto positivo en la comunidad y en el entorno.

Al final, la hermandad con Portoviejo deja una enseñanza doble. Por un lado, confirma que la candidatura de Manizales no es un capricho: hay ingredientes, hay memoria, hay talento suficiente para aspirar a ese reconocimiento. Por otro, recuerda que el camino debe hacerse con cuidado, con un pie en la tradición y otro en la innovación, sin perder de vista que lo fundamental es la gente.

En palabras de George: “Manizales es la ciudad de las puertas abiertas. Tiene clima, pisos térmicos, agua, aire fresco y sobre todo gente buena, gente que crea. Aquí hay cine, moda, música, literatura, gastronomía. Lo que nos toca ahora es creernos el cuento, cuidarnos entre todos y cocinar juntos un futuro que no dependa solo del café o de las ferias, sino también de nuestra mesa”.


El regreso pendiente: hacia una candidatura con sabor a diálogo

Cuando el avión despegó de Portoviejo rumbo a Colombia, George llevaba en la maleta algo más que recuerdos. Traía apuntes con recetas, semillas de conversación, fotografías de mercados y, sobre todo, la certeza de que el viaje no había terminado. En realidad, apenas empezaba. La hermandad cocinada entre Manizales y la ciudad ecuatoriana no se mide en días de agenda ni en comunicados oficiales: se mide en lo que quedó sembrado, en las preguntas que cada cual se trajo de regreso.

Para George, lo esencial fue la confirmación de que la cocina es un idioma común. La arepa que preparó allí encontró su par en los patacones, el maíz se abrazó con el plátano, el pepino relleno se reconoció en la caigua ecuatoriana. Lo que parecía un gesto anecdótico se volvió metáfora: dos ciudades distantes podían entenderse con solo poner un plato sobre la mesa. Y en ese entendimiento, Manizales descubrió que tiene en sus manos un patrimonio tan valioso como el de cualquier capital gastronómica del mundo.

Ahora la expectativa se centra en una fecha: el 31 de octubre, día en que la UNESCO anunciará si Manizales entra oficialmente al mapa de las Ciudades Creativas Gastronómicas. No es un título menor. Convertirse en parte de esa red significa visibilidad internacional, turismo especializado, acceso a programas de cooperación y, sobre todo, un reconocimiento simbólico de la cocina como motor cultural. Pero George insiste en que el verdadero valor no está en la placa que pueda colgarse en la alcaldía, sino en el proceso colectivo que conduzca hasta allí.

Ese proceso ya empezó en Portoviejo. Entre las portadoras de tradición, entre las ollas comunitarias y los mercados húmedos, la delegación manizaleña entendió que no se trata de competir por cuál ciudad cocina mejor, sino de aprender a cocinar juntas. De allí surgió el concepto de cocinas hermanas, una alianza que no se firma con bolígrafos dorados, sino con cucharones de madera.

El regreso a Manizales, entonces, no puede ser solo físico. Tiene que ser un regreso con propósito. Volver para escuchar a las abuelas que todavía preparan fiambre arriero, para acompañar a las vendedoras de la Galería, para rescatar platos que están al borde del olvido. Volver para reconocer que la creatividad no se inventa en un laboratorio aislado, sino en la intersección entre tradición y sostenibilidad.

George lo resume con una imagen: “Esto apenas se está cocinando. Lo que hicimos en Ecuador fue prender el fogón; ahora nos toca poner los ingredientes en Manizales”. La frase, dicha con la naturalidad de quien vive pensando en metáforas culinarias, contiene una advertencia: si la ciudad no logra comprometerse colectivamente, la candidatura será un título vacío.

Por eso insiste en la humildad. La grandeza, repite una y otra vez, tiene que ser humilde. Y en esa humildad cabe todo: desde la señora que vende empanadas en la esquina hasta el chef que experimenta con técnicas contemporáneas; desde el campesino que trae plátanos de Neira hasta el académico que investiga sobre soberanía alimentaria. Todos, de algún modo, forman parte de la misma receta.

En Portoviejo, al final de la última jornada, George levantó un pepino entre sus manos como si fuera un trofeo. No era un gesto solemne, sino una señal de complicidad: ese ingrediente que en Manizales muchos consideran “baboso” o de segunda categoría, allá era respetado y celebrado. La caigua ecuatoriana le devolvía al pepino manizaleño su dignidad perdida. Ese momento quedó grabado como símbolo de lo que está en juego: aprender a mirar con otros ojos lo que siempre estuvo en la mesa.

El regreso pendiente, entonces, no es solo de George. Es de toda una ciudad que debe decidir si asume la cocina como motor de transformación. De toda una comunidad que tendrá que preguntarse si quiere que la creatividad sea espectáculo para turistas o herramienta de cohesión social. Y de un país que, más allá de sus ferias y sus cafés, puede encontrar en la mesa un relato de identidad y de futuro.

Mientras tanto, George sigue en lo suyo: en La Beautiful, experimenta con recetas, trabaja con madres cabeza de familia, evita el desperdicio y transforma cada cáscara en posibilidad. Sabe que la verdadera candidatura no se resuelve en París, sino en la cotidianidad de una cocina que se niega a olvidar. Y en cada plato que sirve, late todavía el eco de Portoviejo: el recordatorio de que la tierra, el barro y la humildad son el único camino para que Manizales se reconozca a sí misma como lo que siempre ha sido: una ciudad creativa de puertas abiertas.


Entrevista con George: “La grandeza tiene que ser humildad”

Viaje a Costa Rica

Estuviste recientemente en Centroamérica. ¿Cómo fue esa experiencia?
Este año viajé a Costa Rica para participar en la Semana de la Gastronomía con Propósito. Fui invitado como representante de Manizales y de Colombia para hablar de sostenibilidad. Allí compartí experiencias con gremios y gestores de proyectos ambientales y gastronómicos. Fue un encuentro muy enriquecedor: di conferencias, cociné en el Hotel Hilton y preparé un menú sostenible con platos como el fiambre y el pepino relleno.

Costa Rica es un país muy avanzado en sostenibilidad, y haber estado presente cuando certificaron al primer chef como “chef sostenible” me dejó pensando en lo que podríamos lograr en Colombia. Mi sueño es que también aquí empecemos a certificar a nuestros cocineros y restaurantes en sostenibilidad.

En La Beautiful ya hemos comenzado a aplicar prácticas de este tipo: hacemos jabón con la grasa de las freidoras, compostamos, tenemos una huerta en construcción, trabajamos con productores locales y entregamos semanalmente reciclaje al movimiento No es basura. Desde la cocina puede salir belleza, pero también mucha basura: tenemos que asumir la responsabilidad de reciclar, compostar y manejar bien los residuos.


Encuentro en Ecuador

Después estuviste en Ecuador, ¿qué sucedió allí?
En Portoviejo, una ciudad declarada por la UNESCO como Ciudad Creativa Gastronómica, se realizó un encuentro entre nuestra delegación y las autoridades locales. Fue un viaje muy especial porque Manizales también está postulada para ese reconocimiento.

Participamos instituciones públicas y privadas: la Alcaldía, la Cámara de Comercio, Fenalco, la revista Gourmet Cafetero y otros actores. Fue un proceso de aprender y compartir. Recorrimos la plaza de mercado, conocimos las portadoras de tradición, cocineras y académicos. Descubrimos que lo que nos conecta no son solo los ingredientes, sino la tierra misma.

En Ecuador encontré un espejo: allá el plátano es identidad cotidiana, lo comen en todas sus formas y a cualquier hora. Es lo que para nosotros representa el maíz. Yo les enseñé a hacer arepas y juntos reconocimos que nuestras cocinas se entienden sin traducción. Fue un encuentro de saberes ancestrales que confirmó que nuestra grandeza, como ciudades creativas, tiene que ser la humildad.


Identidad y cocina manizaleña

Se habla mucho de las “ollas” como símbolo gastronómico de Manizales. ¿Qué opinas?
Las ollas surgen de la necesidad de subsistir y de la informalidad de muchos comerciantes. Son parte de nuestra identidad, pero Manizales no se define solo por ellas.

Nos define el fiambre arriero, fruto de la colonización antioqueña. Nos definen el fríjol, el cerdo, el chicharrón, el chorizo, el hogao. También el zancocho de uña, el mondongo, la chuleta apanada, el azorrete, el indio de repollo, los dulces de cola de ratón, las obleas, las solteritas.

Y sobre todo, quiero rescatar el pepino relleno o caigua. Es un ingrediente humilde y ancestral que puede convertirse en un símbolo de soberanía alimentaria. Se trepa en cualquier patio, crece fácil y es versátil en su preparación. En Ecuador lo tateman al fuego; aquí lo rellenaban de pollo y arroz. Mi sueño es que un día se reconozca como un plato de orgullo, tal como el chile en nogada en México.


La Beautiful

Hablemos de La Beautiful. ¿Qué significa para ti?
La Beautiful es un templo de la gastronomía. Es un espacio que cambia todos los días, que innova pero también conserva tradición. Allí se da amor a través de la comida y se busca generar experiencias que tengan impacto social y ambiental.

No quiero que sea solo un restaurante de autor, sino un laboratorio creativo. Trabajamos con madres cabeza de familia y con personas con capacidades diversas. Aquí no se desperdicia nada: las cáscaras se convierten en comida para el personal, en compost o en jabón artesanal gracias a una iniciativa familiar.

Mi propósito es que La Beautiful sea de todos, un lugar donde podamos crear colectivamente, recuperar recetas olvidadas y generar impacto real en la comunidad.


Vida personal: el accidente y el renacer

Mencionaste que el año pasado “moriste y renaciste”. ¿Qué pasó?
En 2023 sufrí un accidente en Cali que me dejó con graves quemaduras. Estuve 40 días hospitalizado, con cirugías constantes. Pensé que perdería la mano y que mi vida como cocinero había terminado.

Ese mismo año murió mi hermana, mi madre entró en un Alzheimer avanzado y me quedé sin sostén familiar. Fue un derrumbe total. Sentí que me había muerto en vida.

En medio de todo, me arrodillé y le pedí a Dios que me levantara. Y lo hizo. Me volví cenizas para que Él me moldeara de nuevo. Hoy creo que estoy hecho de grandeza, pero mi grandeza es la humildad. Esa experiencia me marcó para siempre: entendí que la cocina es un medio para servir, para ayudar, para transformar vidas.


Visión de Manizales

¿Por qué Manizales puede ser atractiva para los nuevos creadores culinarios?
Porque Manizales lo tiene todo: pisos térmicos, agua pura, aire fresco y, sobre todo, una gente cálida y creativa. Nuestra ciudad es fruto de la adversidad de la montaña, y eso nos hizo ingeniosos, resilientes, pujantes.

Aquí hay talento en todas las áreas: cine, moda, música, literatura, fotografía, gastronomía. El reto es reconocernos como una ciudad creativa y cuidar lo que tenemos. No basta con atraer turismo: debemos hacerlo con sostenibilidad, con humildad, con identidad.

Mi propuesta es que La Beautiful sea un laboratorio gastronómico para la ciudad, un espacio donde se diseñen menús, se rescaten platos ancestrales y se genere un turismo cultural y gastronómico que complemente lo que ya tenemos.

Author: webmaster
Periodista y editor independiente, fundador de mi Manizales del Alma! (2000), portal que mezcla noticias institucionales, memoria local y narrativas experimentales. Su trabajo cruza la claridad informativa con la sátira y la crónica, siempre con Manizales y Caldas como escenario.

Deja un comentario