El país que Mastica su Miedo: EMC sin Disfraz, Mordisco sin Mito, un Gobierno en Equilibrio Inestable y un 2026 que Huele a Pólvora, Urnas y Silencios Carísimo

El avance territorial del Estado Mayor Central, el ascenso de alias “Mordisco” y las tensiones políticas que rodean al gobierno Petro convergen hoy en un escenario crítico que redefine la seguridad nacional. Con hechos recientes en Cauca, Nariño, Meta y Caquetá, y en pleno camino hacia las elecciones de 2026, expertos y autoridades advierten que la combinación de reclutamiento forzado, disputa armada y vacío institucional está configurando un riesgo electoral sin precedentes, capaz de alterar dinámicas locales, decisiones de voto y garantías para periodistas, líderes sociales y comunidades enteras. Aquí está el mapa completo para entender lo que realmente está en juego.

ENTREGA 1/7 — HISTORIA LARGA DEL EMC
(Crónica mutante sobre un país que llevaba décadas tratando de exorcizar sus propios fantasmas, pero estos siempre cobran arriendo en lágrimas y soberbia política)
Hay relatos que Colombia insiste en volver a escribir como si no hubiera aprendido nada, como si la máquina de la violencia tuviera un botón de “repetir capítulo” que cualquier caudillo frustrado puede oprimir sin pedirle permiso al país. La historia del Estado Mayor Central (EMC) es justamente eso: una secuela innecesaria, una franquicia que nadie pidió y que, sin embargo, ahí está, circulando como pan caliente en los noticieros. Una mezcla de déjà vu, nostalgia de pólvora y necedad ideológica que nos devuelve al eterno loop de “otra vez la guerra, parce”.
Porque sí: mientras Colombia jugaba al experimento de la reconciliación en 2016, un puñado de mandos medios —esos que nunca se sintieron cómodos en la paz, o que nunca lograron romper su adicción al fusil— decidieron que la vida civil no les sabía a nada. A algunos les olía a derrota; a otros, a traición. Y así, sin poesía ni épica revolucionaria, nació la semilla del EMC, ese Frankenstein insurgente construido con piezas viejas, rencores almacenados, territorios donde la ley llega en burros cansados y negocios ilícitos que jamás entraron en cese bilateral.
La génesis se remonta a la paz de La Habana, que fue una fiesta hasta que tocó lavar los platos. Los comandantes se dispersaron: unos a hacer política —que es como aprender a nadar con las manos amarradas— y otros a administrar sus nuevos proyectos, desde cooperativas de cacao hasta fundaciones de derechos humanos. Pero hubo quienes miraron esa fiesta y sintieron que les habían servido el vino agrio. Mandos medios, jefes disidentes, herederos de viejas economías ilegales y frustrados con el reparto de poder que dejó el Acuerdo. Ahí estaban: Gentil Duarte, Jhon 40, Mordisco y su zoológico de sombras, cada uno en su esquina, oliendo el desorden, midiendo el clima político y preguntándose: “¿Y si armamos nuestra propia versión de las FARC, pero sin tanta ideología jarta?”
Así apareció el EMC como una especie de “startup armada”: mismo logo conceptual, mismo libreto de lucha social, pero con un pitch más pragmático:
Coca + control territorial + continuidad del negocio = revolución recalentada.
Nada de Asamblea Constituyente. Nada de comandancia colectiva iluminada por Marx. Nada de poesía insurgente. Esto era una empresa con fusiles, un modelo de multinivel donde cada frente prometía crecimiento exponencial, siempre y cuando siguieran la receta tradicional: comprar armas, reclutar niños, cortar carreteras y controlar economías ilegales como si fueran sucursales de una cadena de supermercados clandestinos.
La cosa comenzó con ruido bajo, como un rumor de selva: panfletos, videos, comunicados torpemente editados. Pero de a poco, las disidencias se agruparon en algo que ya no era solo un ruido en el monte sino un actor armado consolidado. Un actor que se autodenominó Estado Mayor Central de las FARC-EP, como si el país no hubiera entendido que esa sigla estaba en proceso de museificación, camino a convertirse en un recuerdo incómodo y no en un logos reluciente para reciclar.
El EMC se expandió rápido gracias a la ley esencial de la guerra colombiana:
Donde el Estado no llega, llega alguien con fusil y elocuencia agresiva.
Y vaya que había territorios esperando a su nuevo administrador: Guaviare, Caquetá, Nariño, Cauca, Meta, Putumayo, Arauca. Zonas donde la gente sabe que la paz no se firma, se administra. Donde la justicia es un rumor y la institucionalidad llega en formato PDF mal impreso.
Mientras tanto, el país se acostumbraba a la idea de que las disidencias eran una anomalía controlable. Unas pocas “manzanas podridas” decían algunos expertos que todavía intentaban vender optimismo. Una disidencia residual, según otros. Como si el monstruo no estuviera creciendo a vista de todos, con el descaro de quien sabe que el Estado camina lento, mira tarde y actúa con culpa.
La muerte de Gentil Duarte en 2022 no frenó nada. De hecho, para algunos fue un ascenso simbólico. Ahí emergió Iván Mordisco, un comandante duro, antisistema, enemigo declarado de la reinserción y con un estilo administrativo que oscila entre la radicalidad ideológica de los viejos tiempos y la lógica del narcoemprendimiento contemporáneo. Un líder que no sabe —o no quiere saber— que el país cambió, que el mapa político ya no se dibuja con balas, o que las viejas consignas revolucionarias suenan hoy como frases recuperadas de una papelería de segunda.
Pero eso será tema de la Entrega 2.
El EMC, consolidado, empieza a comportarse como un Estado paralelo donde gobierna una mezcla de nostalgia ideológica y capitalismo selvático. Controlan rutas, compran conciencias, imponen leyes propias y hacen lo que históricamente ha hecho cualquier grupo armado en Colombia: administrar la ausencia estatal con la eficiencia del miedo. Y en esa eficacia perversa está su verdadero poder: no necesitan convencer, solo aparecer. Donde llega el EMC, el silencio hace de notario público.
Esto, por supuesto, ocurre mientras el país urbano se entretiene en debates de hashtags, indignaciones pasajeras y escándalos que duran lo que un ciclo de noticias de Twitter. En la ciudad, la gente cree que los actores armados son un archivo de 2010. Una cosa vieja, superada, que ya dio de qué hablar. Pero los territorios rurales saben que la guerra no entiende de trending topics. Que los fusiles nunca se fueron; solo cambiaron de dueño.
La expansión del EMC no solo se sostiene en la coca. Se sostiene en la convergencia de tres fuerzas malditas: el abandono estatal, la desesperanza local y la economía de la violencia. Una trilogía que Colombia lleva décadas tratando de disolver con discursos y posturas diplomáticas que no mueven nada más que las columnas de opinión.
Así nació este monstruo, esta hidra contemporánea que se hace llamar Estado Mayor Central. Un hijo no deseado del Acuerdo de Paz, sí; pero también un espejo incómodo del país que nunca terminó de resolver su conflicto. Un país que firma tratados pero no firma transformaciones.
La ironía mayor es que hoy el EMC se siente dueño del relato. Filman videos, hacen comunicados, posan como si fueran un ejército épico y no una empresa criminal con pretensiones históricas. La propia narrativa del conflicto se volvió mercado, y ellos lo saben: cada panfleto es una forma de marketing; cada acción armada es branding; cada extorsión es servicio al cliente.
Y aquí estamos, en 2025, viendo cómo un proyecto fallido del pasado se viste de futuro, cómo una disidencia que nació del capricho y la ambición se convirtió en poder real sobre territorios reales.
La historia larga del EMC no es un capítulo aparte: es el mismo libro que llevamos cien años intentando cerrar, pero que siempre vuelve a abrirse en la página más sangrienta.
Y esta fue apenas la gran apertura.
Lo que viene —la biografía crítica de Mordisco— ya es materia de exorcistas
Entrega 2/7 — Biografía crítica de Iván Mordisco: el hijo pródigo de la guerra que volvió para cobrarse el país
Biografía crítica de Mordisco: manual de instrucciones para fabricar un villano útil
Por supuesto, cada país tiene derecho a sus propios monstruos. Colombia, tan generosa, los produce por docenas, pero solo unos pocos alcanzan el estatus de símbolo. Y allí, en ese podio donde las cicatrices se vuelven marca registrada, aparece el nombre que la opinión pública repite como si fuera marca de cigarrillos: Iván Mordisco. No Iván, no señor; Mordisco. Porque en la guerra colombiana hasta los apodos se vuelven un diagnóstico.
Pero una biografía crítica no consiste en repasar fechas como acta de nacimiento. No. Se trata de entender por qué un hombre con un alias de caricatura terminó convertido en figura geopolítica: un personaje capaz de influir en el pulso electoral de 2026, alterar la narrativa oficial del gobierno Petro, y hacer que cualquier periodista revise dos veces la cerradura de su puerta. Este es su retrato, bienvenido a la fábrica.
I. Nacimiento de un fantasma (o cómo un muchacho de Caquetá se volvió plantilla del conflicto)
Todo comienza donde comienzan estas tragedias: un territorio olvidado en el mapa pero indispensable para el negocio. Caquetá, el laboratorio nacional de todo lo que crece fuera de la ley. Allí aparece este muchacho, Néstor Gregorio Vera, nacido a finales de los 80, en un país donde la guerra estaba tan normalizada que la infancia era básicamente un programa de inducción al conflicto.
Mordisco no fue reclutado por ideología sino por geografía. Lo que lo vio crecer no fue el marxismo sino la selva. La escuela rural funcionaba a media marcha y el Estado llegaba una vez al año disfrazado de brigada médica. Mientras tanto, la guerrilla era una institución estable, mucho más confiable que la alcaldía del pueblo.
Su biografía no es “excepcional”, es repetible, escalable, casi industrial. Producida en serie. Un joven sin horizonte, expuesto al control social armado, absorbe la estructura. Es un molde nacional.
Entra a las FARC siendo menor de edad —como cientos, miles— pero con una particularidad: una capacidad quirúrgica para pasar desapercibido mientras aprende todo. Un solapado profesional. Su ascenso es silencioso, casi clínico. Y eso es lo que lo vuelve útil: no hace ruido, no da discursos, no alimenta el mito revolucionario. Solo ejecuta.
Y, por eso mismo, años después, cuando se rompe el Acuerdo, cuando surgen las disidencias, es él el que encarna el tipo de líder que la guerra tardía exige: pragmático, inestable, mercantilizado. Más CEO armado que comandante político.
II. El hombre que dijo “no firmo” y se volvió trending topic armado
En 2016, mientras el país jugaba al Sí y al No, Mordisco jugaba a otra cosa: la supervivencia del negocio. Porque mientras medio país debatía las 297 páginas del Acuerdo, en las zonas de retaguardia ya corría otro análisis: “Si firmamos, ¿quién se queda con el control territorial? ¿Quién paga el salario de la tropa? ¿Qué pasa con los cultivos? ¿Y con las rutas?”
La respuesta fue la misma que en cualquier empresa donde no convence el cambio organizacional: renuncia informal.
Mordisco decide no entrar a la paz. Ni siquiera como gesto simbólico. Fue el primero en decir “esto no me sirve”. Y en un acto que apenas ahora entendemos con claridad, convirtió su negativa en una oportunidad para construir marca propia: el comandante que se quedó con la parte rentable del proyecto.
Mientras la FARC-legal se transformaba en partido político y se diluía en Twitter, Mordisco hacía lo contrario: consolidaba estructura militar, absorbía mandos medios inconformes, se fusionaba con las redes de narcotráfico que el Acuerdo desacomodó, y creaba un rebranding de guerra: Estado Mayor Central.
En el país que celebra los muertos con trending topics, Mordisco supo leer algo que a la institucionalidad le tomó años: la guerra post-acuerdo no tiene ideología, tiene mercados.
III. El ascenso del “CEO insurgente”: cómo dirigir un país paralelo
Si uno mira la biografía de Mordisco sin pasiones, lo que encuentra es una reorganización empresarial:
- Expansión territorial: consolidación en Caquetá, Guaviare, Meta, y luego coqueteos con regiones abandonadas por el Estado.
- Diversificación de portafolio: del control de cultivos a la extracción de rentas ilegales, minería, corredores fluviales, protección de rutas para terceros.
- Gestión del talento conflictivo: reclutamiento estratégico, fusiones con grupos locales, absorción de facciones descontentas.
- Branding criminal: “EMC” como sello de presencia, casi como franquicia irregular.
Su liderazgo no es político sino logístico. Su discurso no busca épica; busca obediencia. Su relación con las comunidades no pasa por asambleas ni arengas —pasa por el miedo administrado, el impuesto armado, la pedagogía del terror. La selva como oficina, la moto como sala de reuniones.
Es un gerente de violencia, un administrador del conflicto, un capitalista del vacío institucional.
Por eso, su biografía crítica no es la historia de un comandante guerrillero. Es la historia de cómo Colombia produjo a su primer líder insurgente plenamente adaptado al capitalismo criminal. Y ahí está lo que lo vuelve peligroso: no cree en causas, por lo tanto no se puede negociar causas; solo transacciones.
IV. El hombre que murió dos veces (y revivió en prime time)
En julio de 2022, el país vio por televisión la muerte de Mordisco… o eso dijeron. Su cadáver circuló en fotos pixeladas, las autoridades celebraron, hubo comunicados oficiales, hubo fiesta en redes.
Pero como buena tragedia colombiana, el muerto no estaba tan muerto. El alias fue declarado fallecido, el cuerpo nunca apareció, y la información resultó incompleta. Meses después, Mordisco reapareció vivo y afilado, convertido en el fantasma más rentable del país. Fue su segundo nacimiento, su ascenso definitivo al panteón de figuras simbólicas de la guerra.
Tras su “regreso”, ya no era un comandante más. Era una figura mediática, un mito operacional, un recurso narrativo para el debate político. Comenzó a ser usado como arma discursiva: para justificar la continuidad de la guerra, para cuestionar las negociaciones, para activar alarmas electorales.
Es decir: se volvió útil para todos, menos para las víctimas.
Las disidencias entendieron la potencia simbólica del renacido. El gobierno, la oposición, los medios, todos entraron en la danza del nombre. Mordisco se convirtió en trending topic periódico, en palabra clave para quienes necesitan argumentar caos.
Él, mientras tanto, seguía haciendo lo mismo: administrar rentas, reforzar mandos y reclutar. Pero con un beneficio adicional: había ganado estatus de mito pop.
V. ¿Y cuál es su ideología real? Spoiler: ninguna
El mito insiste en presentarlo como heredero de las “líneas duras”. Pero eso es vender humo. Mordisco no es Tirofijo, no es Jojoy, no es Cano. No pertenece a la genealogía ideológica del siglo XX. Es producto de otra fábrica: la del siglo XXI, donde el marxismo-leninismo se convirtió en una excusa ornamental para justificar estructuras que operan como empresas.
Su ideología es la del control territorial. Punto.
Habla de revolución para mantener cohesión interna, igual que cualquier jefe que repite la misión corporativa aunque ya nadie se la crea. La guerrilla clásica tenía un proyecto político; el EMC tiene un proyecto económico. La retórica es apenas lubricante.
La biografía crítica debe dejarlo claro: Mordisco no es un líder político; es un operador logístico con discurso prestado. Y eso lo hace más difícil de negociar que los viejos comandantes: no quiere transformar el país, quiere operarlo como un mercado inestable.
VI. Intensidad 2024–2025: el EMC como Estado emocional del país
Durante los últimos dos años, su nombre salió del perímetro de Caquetá y entró en el debate nacional con una fuerza anómala. Se volvió parámetro para medir la eficacia del gobierno Petro: si Mordisco avanza, el gobierno pierde. Si retrocede, el gobierno gana. Si aparece, se agita la oposición. Si desaparece, aumenta el rumor.
Es una figura que opera en dos países simultáneos:
- El país real — donde ejerce control armado.
- El país mediático — donde se volvió símbolo del fracaso de la paz.
Pocas personas en Colombia producen tanto pánico político con tan pocas apariciones públicas.
Y no es que sea un genio comunicacional; es que el país ya estaba listo para convertirlo en ícono. Su biografía encaja perfecto en la narrativa que aún nos domina: la eterna guerra que siempre encuentra su siguiente temporada.
VII. ¿Por qué importa su biografía hoy? Porque 2026 está respirando en la nuca
Mordisco es hoy una variable electoral.
Su expansión territorial, sus episodios de violencia, sus rupturas con los diálogos de paz, todo pesa en el ambiente político. A meses de las elecciones de 2026, cualquier movimiento suyo —un ataque, un comunicado, una firma, una ruptura— se convertirá en insumo para campañas, encuestas y miedos.
Colombia sigue siendo un país donde la guerra altera el voto. Y Mordisco lo sabe. No porque lea encuestas, sino porque su negocio depende de la inestabilidad.
Su biografía crítica no es la historia de un hombre: es la historia de un país que nunca logró dejar de producir comandantes.
VIII. Mordisco no es un personaje, es un síntoma
Lo peor que podríamos hacer es personalizar la tragedia: creer que todo es culpa suya. Mordisco es un resultado, no una anomalía. Es el hijo no deseado de un Estado ausente, una sociedad desigual y una guerra que se niega a jubilarse.
Su biografía crítica no explica quién es él; explica quiénes somos nosotros.
Y, sobre todo, explica por qué el EMC no es un fenómeno aislado sino la continuación inevitable de una ecuación política que seguimos sin resolver.
Entrega 3/7 — Lógica del reclutamiento forzado: la máquina de producir cuerpos para la guerra
Cómo funciona la fábrica de futuros truncados
Hay que decirlo sin rodeos: en Colombia la guerra nunca ha sufrido escasez de mano de obra. Siempre hay alguien dispuesto —o forzado— a llenar el vacío. Los grupos armados, incluido el Estado Mayor Central (EMC), lo saben mejor que nadie: si el Estado no llega, ellos llegan primero. Y si la vida no ofrece oportunidades, ellos ofrecen un libreto. A veces seducción, a veces amenaza, a veces ambas cosas al mismo tiempo. Y ahí está la clave: la guerra no solo se impone, también se organiza.
Esta entrega explica cómo se produce ese engranaje: la lógica interna, económica, territorial y emocional del reclutamiento forzado. No para justificarlo, sino para desnudarlo hasta dejarlo sin glamur. Porque si algo le conviene al EMC es que sigamos creyendo que reclutan por “ideología”. No. Reclutan por necesidad. Reclutan porque la guerra, como toda industria, requiere reposición constante.
Y porque Colombia, tristemente, siempre ha sido un territorio fértil donde la desesperanza funciona como proveedor.
I. Punto de partida: donde termina el Estado, comienza el mercado de cuerpos
La guerra es un mercado —y el reclutamiento su sistema de abastecimiento. Mientras exista territorio sin Estado, con economías ilegales prósperas y jóvenes sin proyecto, ese mercado nunca estará en quiebra.
El EMC opera exactamente ahí: en zonas donde la escuela es un esqueleto, la carretera es un mito y la presencia institucional es una visita esporádica en calendario electoral. La lógica es simple:
- Estado ausente
- Economía ilegal dominante
- Comunidades vulnerables
- Jóvenes sin horizonte
- Arma como atajo de supervivencia
El reclutamiento, entonces, no es un acto ideológico: es un síntoma estructural.
La disidencia sabe que donde la vida vale poco, la guerra paga más.
II. El método del EMC: seducción primero, amenaza después
A diferencia de las FARC clásicas, que tenían una narrativa política robusta, las disidencias del EMC se mueven en otra lógica: la mezcla calibrada de promesa y miedo, según el territorio y la necesidad.
Hay tres puertas de entrada:
1. Reclutamiento por aspiración (la falsa épica)
Funciona en zonas donde los jóvenes aún sueñan con escapar del destino rural. El EMC ofrece:
- motos,
- dinero rápido,
- estatus,
- identidad,
- un lugar en una estructura donde por fin “importan”.
Es el señuelo emocional: la idea de que la guerra puede ser una salida, un ascenso social torcido.
2. Reclutamiento por presión (la pedagogía del miedo)
Cuando la seducción falla, entra el método clásico:
- amenazas a la familia,
- listas de “colaboradores”,
- “invitaciones obligatorias” a reuniones,
- control social,
- señalamientos sutiles que se vuelven órdenes explícitas.
La comunidad sabe que “primero los llaman, luego se los llevan”.
3. Reclutamiento por absorción (herederos del conflicto)
El más perverso. Jóvenes cuyos padres, tíos o hermanos ya pertenecían a estructuras armadas. La guerra heredada, normalizada, casi familiar.
Un muchacho crece escuchando que “con los de la montaña no se meten”. Cuando llega a los 12 o 13 años, ya interiorizó que hay dos caminos: trabajar para ellos o vivir bajo su sombra. El EMC solo formaliza lo que ya estaba implícito.
III. El reclutamiento infantil: la línea que Colombia nunca logra dejar atrás
El EMC lo niega en comunicados, pero las comunidades lo denuncian todos los días: el reclutamiento de menores sigue siendo política de operación. No una excepción. No un accidente.
¿Por qué los menores son esenciales para la máquina del EMC?
- Son moldeables
No cuestionan ideología ni jerarquía. Aprenden disciplina por miedo. - Son reemplazables
El cinismo es brutal: si hay bajas, la reposición está asegurada. - Son invisibles para la prensa hasta que es tarde
La tragedia rural nunca logra competir con el ruido urbano. - Son útiles para tareas específicas
Exploración, comunicaciones, vigilancia, transporte.
La guerra moderna los considera “multiusos”. - Rompen a la comunidad desde adentro
Cuando un menor se va al monte, la fractura emocional debilita toda la organización social del territorio. Y un territorio fracturado es más fácil de controlar.
El EMC opera con una frialdad empresarial: los menores son inversión, no personas. Son la garantía de continuidad en una guerra que no se puede dar el lujo de envejecer.
IV. El rol del miedo colectivo: controlar la comunidad para controlar la juventud
El reclutamiento nunca actúa solo sobre los jóvenes. Actúa sobre la comunidad completa. La estrategia del EMC es sistémica:
- control de horarios,
- prohibición de reuniones,
- “permisos” para fiestas,
- vigilancia de comerciantes,
- listas de comportamiento,
- castigos ejemplares.
Cuando una comunidad vive en miedo, cualquier joven con espíritu crítico es señalado como riesgo. Y el joven sabe eso. Sabe que, parado entre obedecer o desaparecer, su margen de decisión es mínimo.
Así funciona el control social armado: convierte a la comunidad en cómplice involuntaria del reclutamiento.
V. La economía ilegal como imán generacional
Para entender la fuerza del EMC hay que mirar la economía que lo sostiene. Donde hay coca, minería ilegal, extorsión, contrabando, corredores fluviales, siempre habrá jóvenes tentados. No porque quieran delinquir, sino porque no hay otra economía viable.
Mientras un campesino gane 40.000 pesos al día, y un joven reclutado gane tres veces eso en una semana, la lógica económica está clara:
- La ilegalidad paga en efectivo.
- La legalidad paga en promesas.
El EMC se aprovecha de esa brecha. Les ofrece lo que el Estado nunca les ofreció: ingresos rápidos, estabilidad —torcida, pero estabilidad— y un sentido de poder, aunque sea prestado.
En territorios abandonados, la guerra ofrece lo más escaso: futuro inmediato.
VI. La guerra como identidad: cuando la vida civil no compite
Una de las razones más dolorosas detrás del reclutamiento es la identidad. Muchos jóvenes no solo se unen al EMC por necesidad económica, sino porque en su vida cotidiana no existe un relato en el que valgan algo.
Los grupos armados lo saben. Y por eso ofrecen:
- un uniforme,
- un arma,
- una estructura,
- un rol,
- una narrativa (“usted ahora es parte de algo grande”).
En zonas donde la escuela no da sentido y la familia está fracturada por el miedo, la guerra funciona como comunidad alternativa. Un sentido de pertenencia.
Esto no es legitimación. Es descripción. Y es exactamente lo que el Estado nunca entendió: que la guerra no solo recluta cuerpos; recluta identidades.
VII. El reclutamiento femenino: la doble violencia
El EMC mantiene prácticas diferenciadas con mujeres jóvenes y niñas. No todas entran como combatientes. Muchas entran como:
- cocineras,
- mensajeras,
- “apoyo logístico”,
- parejas forzadas de mandos,
- mano de obra invisible.
El reclutamiento femenino combina tres violencias:
- violencia sexual,
- violencia social,
- violencia simbólica (la idea de que su destino es “servir”).
El EMC niega estas prácticas, pero las comunidades rurales no.
Mientras no haya Estado, la versión que impera es la del miedo.
VIII. La lógica militar: la guerra necesita reposición constante
La razón final del reclutamiento es militar. Pura aritmética de guerra.
- Enfrentamientos con tropas oficiales.
- Disputas con otras disidencias.
- Control territorial.
- Peajes ilegales.
- Vigilancia de cultivos.
- Expansión hacia nuevas zonas.
- Sostenimiento del aparato financiero.
Todo requiere tropa. Y tropa joven. La guerra es un devorador de energías: mientras más caminan, cargan, vigilan, más jóvenes necesitan.
Por eso el EMC recluta incluso cuando está en supuesta “negociación”. Porque el negocio no puede parar. Una estructura armada no se mantiene con comunicados: se mantiene con pies en el monte.
IX. ¿Por qué no se logra detener el reclutamiento?
Porque Colombia insiste en atacar los síntomas, no las causas.
- No hay presencia estatal integral
Solo operativos militares aislados. - No hay oferta real para la juventud rural
Programas que llegan tarde, duran poco y se diseñan desde oficinas urbanas. - No hay protección comunitaria efectiva
Las familias denuncian, pero no hay garantías. - No hay políticas de largo plazo
Cada gobierno reinicia todo. - No hay narrativas alternativas
El Estado no logra competir simbólicamente contra la guerra.
Mientras esas condiciones persistan, la guerra seguirá encontrando reemplazos.
X. El EMC no recluta porque puede, recluta porque el país lo permite
El reclutamiento forzado no es una práctica del EMC: es una falla estructural del país que el EMC aprovecha. Una oportunidad. Un vacío. Un terreno fértil.
La lógica del reclutamiento no se rompe capturando comandantes.
No se rompe firmando decretos.
No se rompe creando hashtags.
Se rompe creando país.
Mientras eso no exista, la guerra seguirá llenando el silencio institucional con la única oferta que nunca falta: más guerra.
Entrega 4/7 — Lectura política del gobierno Petro: el experimento que quiso domesticar la tormenta
Entre la épica, el desconcierto y la tormenta que se devolvió
Hay gobiernos que llegan al poder con la convicción de que el país es maleable, de que basta un poco de voluntad histórica y un par de discursos inflamados para modificar la estructura de un conflicto que lleva medio siglo perfeccionando su elasticidad. Y luego está Gustavo Petro, un presidente que llegó con la fe intacta: la fe en el diálogo total, la fe en la transición, la fe en que Colombia estaba lista para su salto ético, para su ruptura definitiva con la guerra.
El problema no fue la fe. El problema fue el país.
Porque Petro creyó —o quiso creer— que el Estado Mayor Central (EMC) era un actor con pretensión política. Una guerrilla heredera del ideario fariano, una estructura con un mínimo de coherencia, un interlocutor con quien negociar el fin de la guerra no era un acto de ingenuidad, sino un acto de justicia histórica. La narrativa oficial del gobierno partió de una idea fundacional:
“Las disidencias no son criminales: son rezagos del conflicto sin resolver.”
Suena bonito. En papel. En editorial. En discurso de ONU.
Pero en terreno, esa frase es dinamita.
El EMC leyó esa postura no como un gesto de buena fe, sino como una señal de oportunidad. Y actuó en consecuencia. Con el descaro de quien entiende perfectamente la lógica del poder.
I. Petro llegó a gobernar con una promesa: “la paz total” como epopeya
La Paz Total no era solo un proyecto, sino un relato. Un relato con pretensiones de refundación moral. Petro habló del fin del ciclo de violencia como si fuera un acto administrativo posible, una cuestión de voluntad política.
Su mensaje tenía tres capas:
- Una invitación ética: dejar atrás la guerra.
- Una narrativa histórica: “Somos el gobierno que por fin resuelve el conflicto.”
- Una estructura jurídica: convenios, decretos, marcos de negociación.
Pero la realidad se rió en su cara. Porque la realidad sabe que la guerra no se administra con decretos.
Cuando el gobierno habló de “paz total”, el EMC escuchó “ventana de expansión”.
Cuando el gobierno habló de “cese al fuego”, el EMC escuchó “cese a las operaciones ofensivas del Estado”.
Cuando el gobierno habló de “diálogo”, el EMC escuchó “legitimidad gratuita”.
Esto no es porque Petro fuera ingenuo. Es porque el conflicto colombiano es un experto en demoler ilusiones.
II. El EMC entendió la política del gobierno antes que el gobierno entendiera al EMC
El EMC vio algo que muchos analistas urbanos no quisieron ver:
En el cálculo del gobierno, las disidencias eran actores políticos.
En el cálculo de las disidencias, el gobierno era un actor desesperado.
Esa asimetría es fatal.
Mientras el alto gobierno hablaba de derechos, garantías, justicia transicional y acuerdos, el EMC hablaba de corredores, coca, expansión y control territorial.
Cada una de las siguientes señales del gobierno fue interpretada como permiso:
- El reconocimiento de “carácter político” → legitimidad
- Los diálogos exploratorios → tiempo para reorganización
- Los ceses bilaterales → territorio sin presencia militar
- La narrativa de reconciliación → margen para avanzar
Lo que para el gobierno era un gesto histórico, para el EMC era logística y oportunidad.
La guerra tiene olfato, y el EMC lo usó bien.
III. El gobierno apostó por el diálogo cuando el EMC apostaba por el territorio
Mientras se discutían comunicados en Bogotá, en la ruralidad ocurría otra cosa:
- avanzaban frentes,
- se reactivaban corredores,
- se imponían normas propias,
- se consolidaban finanzas,
- se reclutaba,
- se ajustaban cuentas,
- se disputaban áreas con otras estructuras.
El gobierno hablaba con un actor que estaba creciendo. Esa es la contradicción más amarga de esta etapa del país: intentar negociar mientras el interlocutor está en expansión activa.
La paz total nació desbalanceada desde el primer día.
IV. El proyecto ideológico de Petro chocó con la realidad operativa del Estado
Es un error común creer que el presidente controla el Estado. No.
El presidente administra un monstruo de 300 cabezas que se contradicen entre sí.
Petro llegó con una lectura ideológica clara:
“Hay que desescalar la violencia y transformar el territorio mediante reformas profundas.”
Pero la institucionalidad tenía otra lógica:
- fiscalías regionales funcionando con miedo,
- fuerzas militares con reservas frente al proceso,
- gobernadores y alcaldes sin herramientas,
- burocracia fatigada,
- entidades sin coordinación,
- vacíos en seguridad.
El presidente quiso hacer cirugía sin anestesia, sin bisturí y con el paciente caminando.
Peor aún: quiso hacerlo mientras el EMC abría nuevas heridas.
Petro no fracasó por falta de ideas.
Fracasó porque su lectura del Estado fue demasiado optimista.
El Estado no estaba listo.
El territorio tampoco.
El EMC sí.
V. El EMC no estaba negociando una paz: estaba negociando tiempo
Esta es la línea que el país tardó demasiado en aceptar.
Para el EMC:
- el cese al fuego era un escudo,
- el diálogo era una estrategia,
- la paz era un relato útil,
- la negociación era una forma de oxigenación,
- las mesas eran un show lateral.
Mientras tanto, el gobierno insistía en leer cada gesto del EMC como una señal política legítima.
Error monumental.
Las disidencias no querían curación histórica: querían margen.
Querían estabilizar rutas, consolidar economías ilegales y aprovechar el vacío operacional mientras el discurso del gobierno calmaba tensiones urbanas.
Fue una jugada maestra.
Cruel.
Pero maestra.
VI. Petro apostó al simbolismo: el EMC apostó a la geopolítica del narcotráfico
El gobierno habló de:
- justicia restaurativa,
- reparación,
- transformaciones sociales,
- presencia civil,
- fortalecimiento comunitario.
Mientras, el EMC jugaba en otro tablero:
- control de frontera con Ecuador,
- articulación con estructuras mexicanas,
- consolidación del Pacífico,
- cooptación de territorios estratégicos,
- dominio de ríos y vías terciarias,
- alianzas locales con grupos residuales.
La brecha entre discurso y realidad fue demasiado grande.
Petro estaba en el plano moral.
El EMC estaba en el plano geoeconómico.
La paz total no podía ganar esa partida.
VII. El gobierno subestimó la velocidad del conflicto
Una lección que los presidentes aprenden tarde:
La guerra es más rápida que la burocracia.
Mientras el Ministerio del Interior elaboraba rutas de diálogo, el EMC ya había:
- cambiado de mando,
- consolidado cinco frentes,
- aumentado el reclutamiento,
- ampliado presencia en corredores fluviales,
- interferido campañas locales,
- impuesto normas comunitarias.
Colombia es un país donde la guerra lleva ventaja logística.
Donde la acción ilegal es inmediata y la respuesta estatal es memo tras memo.
Petro quiso gobernar con tiempos de ética.
La guerra opera con tiempos de supervivencia.
VIII. El cálculo político de Petro: gobernar como si tuviera mayoría social
Otro error central: creer que la sociedad y la opinión pública estaban listas para respaldar un proceso tan arriesgado.
La narrativa de Petro tenía lógica interna, pero no base social suficiente. Las encuestas se desplomaron. Los gobernadores presionaron. Los escándalos lo debilitaron. Y el EMC entendió algo que nunca se debe regalar en una negociación:
El gobierno perdió iniciativa.
Cuando un gobierno pierde iniciativa, cualquier actor armado se fortalece.
IX. Petro esperaba un EMC con racionalidad política. Recibió uno con racionalidad criminal
Esta fue la grieta central del proyecto.
Para Petro:
- el EMC era un rezago sociopolítico,
- un actor negociable,
- una expresión de conflictividad histórica.
Para el EMC:
- el gobierno era una oportunidad táctica,
- un periodo de baja presión militar,
- una ventana para expandirse sin costo político.
El diálogo nunca fue simétrico porque sus mundos no eran comparables.
X. Petro quiso domesticar la tormenta. La tormenta decidió crecer.
La historia juzgará a Petro con complejidad. No fue un presidente ingenuo; fue un presidente que apostó demasiado alto sin tener el tablero completo.
Intentó negociar con un actor que no buscaba paz.
Intentó transformar territorios que estaban fuera del alcance del Estado.
Intentó romper una lógica de guerra sin romper su base material.
Intentó convencer a un país fracturado de que era posible un salto histórico.
Pero la guerra no perdona los errores de lectura.
Y el EMC supo explotar cada grieta.
La paz total no murió: se desmoronó desde adentro, desde su propia premisa.
Y Petro queda como el gobernante que creyó que podía domesticar la tormenta. Pero la tormenta decidió crecer.
ENTREGA 5/7 — RIESGOS PARA EL 2026
(O cómo Colombia juega ruleta rusa con una pistola que no sabe quién cargó)
Hay años que parecen un aviso, otros que parecen un castigo, y otros —como 2026— que más bien se sienten como una obra de teatro que ya está escrita, pero nadie ha querido aprenderse el guion. Y aun así todos opinan sobre el final. En ese interregno entre la política real y la ficción que creemos que nos gobierna, Colombia se prepara para unas elecciones que tienen la textura de un déjà vu nervioso: algo que ya vivimos, pero ahora con efectos especiales de mala calidad, actores improvisados y un público que exige sangre, pero pide “paz” en voz bajita para no quedar mal en redes.
Los riesgos para 2026 son muchos, cambiantes, pegajosos, interdependientes. Como un enjambre de mariposas negras. No se pueden aislar en frasquitos ni reducirlos a un par de verbos modales al estilo “podría pasar”. No. En este país, lo que podría pasar suele pasar, y lo que no podría pasar inventa la forma de ocurrir. Esa es nuestra tradición más estable.
Así que abramos este mapa de amenazas, tensiones y escenarios deformes. No para asustarnos —eso ya viene de fábrica— sino para leer lo que hay detrás del ruido: la substancia que agrieta la democracia desde adentro mientras la narramos desde afuera.
1. El EMC y el riesgo del orden paralelo: la política necesita Estado, pero el territorio ya eligió otro proveedor
El primer gran riesgo del 2026 es de origen simple y de consecuencias múltiples: hay zonas del país donde el Estado dejó de ser una opción y el EMC se volvió el operador natural. No porque la gente adore a la insurgencia mutada, sino porque en muchas veredas, caseríos, riberas y cordilleras la vida funciona mejor cuando la ley la dicta quien está presente.
Y el EMC —ese Frankenstein guerrillero que se alimenta de mercado, nostalgia y pólvora— está presente.
Esto no es romanticismo de izquierda ni satanización de derecha. Es contabilidad:
- el EMC regula movilidad,
- administra tensiones,
- protege o amenaza según la tarifa,
- y reconfigura dinámicas electorales de manera informal pero eficaz.
Cuando un actor armado controla la atmósfera política de un territorio, no necesita decirle a la gente “vote por tal”. Le basta con crear condiciones donde ciertas candidaturas no pueden existir. Es una forma de participación silenciosa, pero quirúrgica. Y el silencio, en política, es una forma de grito.
Riesgo 2026 n.º 1: que entremos a elecciones con dos sistemas de autoridad superpuestos: el oficial (débil, tardío, administrativo) y el fáctico (ágil, territorial, armando poder con un Excel que nadie quiere abrir).
Una “cogobernanza de facto” no declarada, pero ya operando.
2. El gobierno Petro y la narrativa del riesgo autoinducido
La segunda línea de riesgo se origina en el modelo comunicacional del gobierno Petro, que funciona como una tubería rota: sale agua por donde no es, a la hora que no es, con la presión que no corresponde. Es decir, genera crisis por filtración permanente.
Petro habla en clave de épica mientras el país escucha en clave de ansiedad.
Y ese desfase se convierte en un campo magnético que atrae interpretaciones catastróficas.
Esto importa para 2026 por una razón estructural: cuando un mandatario convierte todo en lucha, el ciudadano convierte todo en fatiga. Y la fatiga electoral es la antesala del voto impulsivo o del voto disciplinado por actores no estatales.
Petro no solo polariza: acelera la velocidad de la polarización, que no es lo mismo. La gente se cansa más rápido, odia más rápido, y se decide más rápido por salidas que antes parecían extremas.
Así que el riesgo aquí no es “la izquierda en elecciones”.
El riesgo es una izquierda extenuada frente a una sociedad que ya no quiere escuchar explicaciones, sino garantías. Y las garantías, en este país, las promete quien habla fuerte, no quien habla complejo.
3. El retorno del “orden duro”: un país predispuesto al péndulo
El tercer riesgo es psicológico, casi cultural.
Colombia, después de periodos de experimentación política, siempre vuelve a una forma de “orden severo”:
- Santos después de Uribe,
- Duque después de Santos,
- Petro después de Duque…
El péndulo no es ideológico: es emocional.
Y ahora, después de un gobierno que ha combinado promesas altas con ejecuciones lentas, el país tiene hambre de eficacia. El riesgo para 2026 es que esa búsqueda de eficacia se traduzca en una candidatura de restauración autoritaria, cuidadosamente maquillada con lenguaje tecnocrático, seguridad urbana y promesas anti-corrupción de manual.
No es que el país quiera mano dura.
Es que quiere que alguien parezca que sabe qué hacer.
Ese es el caldo perfecto para candidatos que no dicen “derecha”. Dicen “orden”.
Y “orden” en temporada electoral es un perfume que huele rico aunque esté vencido.
4. El voto rural como zona liberada para influencias no democráticas
El cuarto riesgo: la ruralidad se vuelve un escenario de distorsión electoral silenciosa.
No porque el ciudadano rural sea manipulable —esa narrativa es absurda y clasista— sino porque está más expuesto a:
- circulación armada,
- presiones económicas,
- dependencia de actores fácticos,
- y ausencia logística del Estado.
El EMC y otros grupos no necesitan alterar urnas: solo alterar posibilidades.
Si en un corregimiento tres líderes renuncian a una campaña por amenazas, ya alteraste el resultado sin tocar un tarjetón.
Y ese tipo de reajustes invisibles se están volviendo parte del paisaje político.
Riesgo 2026 n.º 4: un mapa electoral construido sobre la sombra de restricciones que nunca serán denunciadas porque son parte del clima.
5. Las fake news como sistema inmunológico invertido
El quinto riesgo es la mutación del ecosistema informativo.
Ya no estamos ante “noticias falsas” ocasionales.
Estamos ante un sistema de desinformación que funciona como defensa natural de los intereses políticos.
Cada bloque ideológico tiene su propio laboratorio de fantasías.
Y para 2026 esos laboratorios llegarán con:
- inteligencia artificial,
- bots emocionalmente calibrados,
- microsegmentación territorial,
- campañas negras diseñadas como series de Netflix de tres episodios (enganche, confusión, explosión).
El riesgo no es que la gente crea mentiras.
Es que, aun sabiéndolas falsas, las comparta porque confirman su rabia.
En esa fase, la democracia deja de ser un pacto y se convierte en una pelea de espejos.
Y el país está peligrosamente cerca de ese borde.
6. El desorden económico como combustible emocional
Otro riesgo: la economía, que no está colapsada, pero sí está crispada.
Una inflación que dice “me contuve” pero la gente responde “a mí no me engañas”,
un mercado laboral disparejo,
e incertidumbre regulatoria que espanta inversión sin necesidad de decretos incendiarios.
Todo esto configura un clima donde el bolsillo se vuelve brújula electoral.
Y cuando el bolsillo habla, la memoria política se borra con facilidad.
La gente vota por quien prometa alivio inmediato, aunque después venga deuda, ajuste o austeridad.
El riesgo real es que la economía se convierta en una narrativa emocional manipulable por ambos extremos:
uno promete subsidios imposibles,
el otro promete crecimiento mágico,
y en la mitad queda el votante buscando quién tenga la voz más tranquila, no necesariamente la más seria.
7. Narcopolítica 3.0: invisible, híbrida, institucionalizada
El narco ya no necesita financiar campañas; financia ecosistemas.
Carreteras, favores, microcréditos, compra de tranquilidad.
Es un poder que no se anuncia, pero que se infiltra en la política local como humedad en las paredes antiguas: un día aparece y ya es parte del diseño.
Para 2026 no veremos carteles comprando alcaldes.
Veremos estructuras económicas paralelas influenciando decisiones sin necesidad de hablar de cocaína.
Un riesgo nuevo y viejo a la vez:
la política tomada por intereses que no se ven, porque aprendieron de las fallas de la vieja mafia.
8. La judicialización de la política: cada candidato con su expediente imaginario
Otro riesgo: la conversión del debate electoral en un duelo de expedientes, reales o inventados.
Cada aspirante tendrá su propia colección de:
- denuncias,
- filtraciones,
- audios sospechosamente oportunos,
- investigaciones que aparecen en el momento preciso.
La política colombiana se volvió un teatro jurídico donde la fiscalía, los jueces, la opinión y las filtraciones comparten libreto sin saberlo.
Y eso crea elecciones donde la narrativa pesa más que la prueba.
El riesgo aquí: que el elector vote contra el miedo y no a favor de un proyecto.
9. El cansancio ciudadano como actor político
La mayor amenaza para 2026 no es el EMC, ni Petro, ni la derecha renacida.
Es el desgaste emocional del país.
Ese cansancio que no se nota en encuestas, pero sí en conversaciones.
Cuando una sociedad está agotada, vota por quien ofrezca silencio.
Y el silencio, en política, casi siempre viene de la mano de alguien que promete orden sin preguntar mucho.
Riesgo final: una democracia que decide descansar, no elegir.
ENTREGA 6/7 — IMPACTO TERRITORIAL Y ELECTORAL
(O cómo el país vota con la mano, pero el territorio vota con la atmósfera)
Hay un error clásico —y muy bogotano, por cierto— que se repite cada ciclo electoral: creer que Colombia vota en las urnas. No. Colombia vota en el clima. En la atmósfera. En ese tejido invisible donde se mezclan la presencia o ausencia del Estado, los rumores del pueblo, las líricas de WhatsApp, la deuda con la tienda, el control armado, la carretera que se arregló o no, y hasta la forma en que un líder comunitario se atreve —o no— a convocar una reunión.
El país es un tablero electoral, sí, pero la ficha que mueve la mano del ciudadano es el territorio.
Y el 2026 se perfila como el año donde ese territorio deja de ser telón de fondo para convertirse en protagonista insolente.
Vamos por partes. Que esta disección es delicada.
1. El EMC como “atmósfera política” y no solo como actor armado
El Ejército de Mordisco y Compañía (porque ya ni las siglas pueden ocultar la fragmentación), no incide en elecciones como lo hacían las guerrillas clásicas: proclama, veto, orientación de voto. No. El EMC opera de una forma más eficiente, más líquida: crea atmósferas.
La atmósfera es un sistema de condiciones, no un instructivo.
Y esas condiciones son:
- quién puede hacer campaña sin ser citado “a dialogar”,
- quién puede recorrer un corregimiento sin devolver el carro por un reten espontáneo,
- quién puede colgar un pasacalle sin que aparezca rasgado a los diez minutos,
- qué líderes pueden hablar y cuáles deben guardar compostura para “no incomodar el clima”.
Cuando un actor armado controla la atmósfera, no necesita decir por quién votar; solo necesita permitir que ciertos liderazgos existan con fluidez mientras otros existen con miedo. Y en Colombia, la fluidez decide más votos que la ideología.
Lo que el EMC está construyendo, sin anunciarlo, es un campo de incentivos.
Y ese campo tiene efectos electorales tan profundos como invisibles.
2. La geografía desigual del Estado: donde la nación llega a pie y el EMC llega en moto
La capacidad del Estado para incidir en el ciclo electoral depende de algo básico: su presencia real.
Y la presencia real se mide en tiempo, no en discursos.
¿Quién llega primero cuando pasa algo?
¿Quién atiende más rápido una disputa?
¿Quién escucha, aunque sea por interés?
En muchas zonas, la ecuación es triste, pero honesta:
- El Estado llega tarde.
- El EMC llega siempre.
Ese diferencial de velocidad crea una forma de lealtad pragmática: la gente no respeta al EMC porque le guste, sino porque resuelve.
Y en política, resolver vale más que prometer.
Por eso, el impacto territorial del EMC en 2026 no será el de una fuerza disruptiva sino el de una presencia sedimentada, como el musgo que crece en las paredes viejas: no pide permiso, pero define el paisaje.
3. Municipios en modo “autocensura electoral”: participar, sí; desafiar, no
Hay lugares donde nadie necesita intimidar a un candidato para desestimular la competencia.
Basta con que todos recuerden cómo terminó el último que incomodó la “tranquilidad local”.
El EMC entiende que la memoria es la mejor herramienta de ordenamiento político.
Por eso veremos en 2026 un fenómeno silencioso:
la autocensura electoral, donde las campañas se moderan a sí mismas para no activar tensiones con actores fácticos.
Esto tiene varios efectos perversos:
- líderes sociales que apoyan pero no encabezan,
- candidatos que reducen sus recorridos por “falta de garantías logísticas”,
- discursos que eliminan temas sensibles para evitar roces,
- medios locales que informan con prudencia quirúrgica,
- electores que votan por lo “seguro” porque lo seguro es sobrevivir.
La democracia funciona, sí.
Pero funciona en modo ahorro de energía.
Y ese modo le conviene al EMC porque mantiene la competencia electoral dentro de límites cómodos.
4. La ruralidad como campo de distorsión y la ciudad como escena de polarización estética
Mientras el campo absorbe la influencia del EMC de manera estructural, las ciudades tienen otro fenómeno: la polarización estética.
La gente ya no vota tanto por programas como por identidades.
Cada candidatura es un estilo de vida:
- Petro es la épica,
- la derecha es el orden,
- el centro es el suspiro,
- los alternativos son los rareza lovers de Twitter.
La ruralidad vota desde la sobrevivencia;
la ciudad vota desde la performatividad.
Y ambas dinámicas juntas crean un impacto electoral dislocado:
- el campo define ganadores,
- la ciudad define narrativas.
Un político puede perder en redes, pero ganar en veredas.
Puede ser ridiculizado en memes, pero aplaudido en caseríos.
Puede ser un chiste universitario y una opción viable en la franja rural donde el EMC mide atmósferas, no sarcasmos.
5. Los corredores estratégicos: donde un voto pesa por diez
La presencia del EMC no es homogénea: sigue la lógica del negocio.
Los territorios donde se mezclan economía ilegal, zonas de tránsito, minería, cultivos y fronteras invisibles son ahora corredores electorales.
Y en esos corredores, las variaciones electorales cambian panoramas nacionales.
Porque en Colombia, un municipio de 9.000 habitantes puede definir:
- alianzas regionales,
- la fuerza de una maquinaria,
- el costo político de una narrativa,
- o incluso el margen de victoria en una contienda presidencial cerrada.
El EMC lo sabe.
Y por eso no controla votos: controla condiciones que generan votos predecibles.
6. El 2026 como elección donde la logística será más importante que la ideología
Un riesgo poco discutido: la logística electoral.
- Puestos de votación sin vigilancia,
- mesas con escasa observación,
- transporte rural controlado por dinámicas locales,
- líderes comunales que negocian la movilidad de las comunidades,
- y una Registraduría con más confianza perdida que ganada.
En zonas críticas, votar es un acto logístico más que un acto político.
Si un territorio solo tiene dos rutas seguras, solo dos campañas podrán hacer presencia.
Si un corregimiento depende de una lancha manejada por un operador que simpatiza con una fuerza armada, la neutralidad se evapora.
Esto no es fraude.
Es asimetría de posibilidades, un fenómeno más complejo y más difícil de medir.
7. Las alianzas electorales convertidas en pactos de supervivencia territorial
En el 2026 surgirán alianzas al estilo “nos apoyamos porque solos no duramos”.
No son ideológicas.
No son programáticas.
Son alianzas de supervivencia territorial donde:
- partidos tradicionales,
- liderazgos locales,
- élites económicas menores,
- y actores en la frontera de la legalidad
se juntan para obtener espacio vital.
Estas alianzas son el pegamento del poder regional y tienen un impacto enorme porque organizan la oferta electoral de tal forma que los electores creen que eligen entre tres opciones, pero en realidad el territorio solo les permite dos.
8. La política local como laboratorio para probar el 2026
Hay municipios donde ya se está ensayando la campaña presidencial.
Allí, factores como:
- el discurso de seguridad,
- la relación con actores armados,
- el peso de la economía ilegal,
- la influencia de iglesias,
- la presencia de ONG,
- y la fractura entre juventudes y adultos
están generando micro-escenarios que luego escalan al ámbito nacional.
El EMC, sin proponérselo, está actuando como curador involuntario del laboratorio democrático colombiano.
Porque su presencia condiciona, pero no determina.
Y esa diferencia es clave: el EMC no decide la política, decide las reglas del juego.
La política se juega en esa cancha, punto.
9. Bogotá decide el relato; el territorio decide el resultado
En 2026 veremos un divorcio nítido:
- la capital armará el debate,
- los territorios armarán el desenlace.
Esto duele al ego bogotano, pero es verdad:
la gente en la ciudad cree que la decisión está en Twitter;
el país real sabe que la decisión está en el clima de las veredas.
La capital construye la épica moral, la indignación estética, los escándalos editoriales, la tendencia del día.
Pero la Colombia profunda —la que ha aprendido a moverse mientras esquiva balas, deudas, iglesias y oportunidades— es la que define la matemática electoral.
10. El impacto electoral final: 2026 será una elección “ambiental”, no ideológica
Y así llegamos al cierre:
El 2026 no se definirá por la izquierda o la derecha, por Petro o su sombra, por el EMC o por el miedo.
Se definirá por algo mucho más colombiano: el clima.
Un clima hecho de:
- presencia armada,
- cansancio ciudadano,
- necesidades económicas,
- redes de favores,
- y una mezcla muy nuestra de desesperanza viva y esperanza desconfiada.
El impacto territorial será decisivo no porque el territorio vote en bloque, sino porque el territorio vota con una lógica distinta:
no desde la ideología, sino desde la vida cotidiana.
Y en un país donde sobrevivir es una forma de pensamiento político, los votos nunca son inocentes.
Son geografía pura.
Son clima.
Son atmósfera.
ENTREGA 7/7 — ECOS MEDIÁTICOS Y RIESGO PARA PERIODISTAS
(El país donde informar es un deporte extremo sin patrocinio)
En Colombia, el periodismo tiene algo de acto suicida y algo de acto poético. Uno trabaja en la frontera entre revelar y sobrevivir, entre denunciar y disimular, entre hablar y callar para vivir un día más. Escribir se vuelve una especie de equilibrio zen sobre una cuerda floja que cruza un precipicio lleno de fusiles, trolls, políticos con ego inflamado y funcionarios enemigos declarados de la transparencia.
Y ahí, en ese paisaje donde la palabra es un arma sin munición y la realidad un campo minado, entra el EMC: un actor armado que no solo disputa territorio y poder, sino también el relato.
Porque en un país como Colombia, el relato es poder.
Quien controla la versión controla el clima.
Y quien controla el clima controla las decisiones.
El EMC lo entendió antes que muchos gobernantes.
1. El EMC como productor de contenido: la insurgencia influencer
El EMC descubrió que no necesita voceros, ni comunicados oficiales escritos en español decente, ni ruedas de prensa clandestinas a lo años 90.
Lo que necesita es ecosistema mediático.
Y ese ecosistema se construye como hoy se hace todo: con videos, panfletos, audios filtrados y comunicados en JPG que circulan por WhatsApp con la precisión de un misil de propaganda.
El EMC es, en cierta forma, un influencer selvático:
- produce contenido rápido,
- lo distribuye por canales que no pueden bloquearse,
- y lo hace llegar hasta la última vereda, donde nadie lee periódicos pero todo el mundo tiene un chat comunitario.
Lo que el EMC no dice, lo insinúa.
Y lo que insinúa termina convertido en “certeza local”.
Ese es el poder: el rumor organizado.
Mientras tanto, los medios tradicionales publican editoriales indignados, pero lo cierto es que la última milla de la información —la que define el sentido común de cada territorio— no la manejan ellos.
La maneja WhatsApp.
La manejan los audios.
La manejan los panfletos digitales que parecen diseñados por un community manager improvisado con un AK-47 al lado.
Esto convierte al EMC en productor de narrativa, no solo de miedo.
Y si un actor armado controla la narrativa, el periodista queda atrapado en una trampa silenciosa:
reportar sin complacer, denunciar sin provocar, informar sin desaparecer.
2. El riesgo más grande: la “burbuja de silencio”
Contrario a lo que se cree, las amenazas directas ya no son el principal mecanismo de censura.
Existen, sí.
Son brutales, sí.
Pero el verdadero riesgo para los periodistas hoy es la burbuja de silencio que el EMC instala en ciertos territorios.
¿Cómo funciona?
Con la precisión de una arquitectura invisible:
- Líderes comunitarios recomiendan “no tocar esos temas”.
- Radios locales evitan ciertas entrevistas “para no caldear el ambiente”.
- Periódicos regionales borran referencias.
- Medios alternativos dejan de cubrir zonas por falta de garantías.
- Y periodistas jóvenes prefieren irse a hacer contenido digital desde la ciudad, donde uno se siente más valiente porque el riesgo es un hilo de Twitter, no un reten.
La burbuja de silencio es un ecosistema perfecto de autocensura.
No hay comunicado de amenaza, no hay panfleto, no hay orden.
Solo un clima.
Una atmósfera.
Un instinto colectivo que dice: “Mejor no escriba eso.”
Y así, la democracia se va erosionando sin que nadie grite.
Porque el silencio también es una forma de control territorial.
3. El periodista como “operador de riesgo”: sobrevivir primero, informar después
Ser periodista en este país es ser un gestor de riesgos.
Antes de escribir cualquier cosa, uno debe preguntarse:
- ¿Quién controla este territorio?
- ¿Qué facción está activa esta semana?
- ¿Qué comandante está molesto?
- ¿Qué líder comunitario puede dar señales equivocadas?
- ¿Qué político local tiene alianzas que no figuran en los contratos?
- ¿Qué rumor está circulando que puede hacer explosiva una frase neutra?
Escribir se vuelve una operación militar minúscula:
moverse, preguntar, registrar, analizar, regresar, revisar, publicar…
y luego mirar por encima del hombro un par de días para asegurarse de que nadie interpretó mal lo que uno quiso decir.
O peor: de que lo interpretaron demasiado bien.
El EMC convierte el ejercicio periodístico en un campo de tensión permanente.
No hace falta que amenace: su sola presencia moldea la forma de escribir.
4. Los ecos mediáticos: cómo una noticia en Bogotá se convierte en caos en una vereda
La cadena informativa en Colombia funciona al revés de lo que cuentan las escuelas de periodismo.
En este país, una frase dicha en Bogotá puede convertirse en una tragedia en el Caquetá.
Una crónica mal contextualizada puede activar un conflicto local.
Una entrevista nacional puede costarle la vida a un líder que habló “de más”.
Un titular sensacionalista puede volver a un periodista regional objetivo militar.
Una infografía mal redactada puede desencadenar retaliaciones.
El EMC entiende que el eco vale más que el hecho.
Por eso monitorea lo que se dice sobre ellos:
- en medios,
- en redes,
- en comunicados,
- en foros,
- en transmisiones locales.
El relato nunca se queda quieto.
Cada palabra viaja, rebota, se torsiona, se interpreta y se devuelve amplificada.
El problema no es el primer eco.
Es el tercer.
El que vuelve al territorio convertido en orden, chisme o alerta.
Y cuando un periodista es identificado como origen de ese eco, queda expuesto a una lógica peligrosa: “el que habla, paga”.
5. La nueva censura: influenciadores, opinión, desinformación
El periodismo ya no es el único actor del ecosistema informativo.
Ahora compite con:
- influenciadores políticos,
- tiktokers de opinión,
- cuentas anónimas de X,
- bots que parecen de carne y hueso,
- generadores de contenido sin ética,
- ciudadanos indignados,
- y una nube infinita de desinformadores profesionales.
El EMC no necesita producir todo.
Le basta con insertar ruido.
El resto lo hace la polarización urbana.
Porque cuando hay ruido suficiente, la verdad deja de ser un objetivo y se vuelve una opción más.
Y en un ecosistema donde todo es opinión y nada es verificado, ¿a quién se culpa cuando una investigación molesta?
Al periodista.
Siempre al periodista.
Porque es más fácil culpar a una persona que a un algoritmo.
6. El periodismo investigativo como deporte de riesgo extremo
Quien investiga economías ilegales, cooperación política, rutas de narcotráfico, alianzas entre élites y grupos armados, o capturas del Estado local, sabe que trabaja en triple filo:
- Le incomoda al EMC.
- Le incomoda a los políticos de la región.
- Le incomoda a los empresarios beneficiados.
El periodista queda en la mitad, como un obstáculo momentáneo en una carretera donde todos van a mil por hora y ninguno frena.
Por eso, el periodismo investigativo en territorios con presencia del EMC funciona bajo una lógica brutal:
publicar es liberarse; sobrevivir es un milagro.
7. El futuro: periodistas más importantes pero más prescindibles
La paradoja final es esta:
2026 será un año donde necesitaríamos más periodismo que nunca… pero donde habrá menos condiciones para ejercerlo.
Los periodistas serán clave para:
- entender el impacto electoral del EMC,
- revelar alianzas,
- denunciar capturas territoriales,
- monitorear la violencia,
- explicar el clima político local,
- y narrar lo que la ciudad no ve ni quiere ver.
Pero, al mismo tiempo:
- tendrán menos garantías,
- menos recursos,
- menos acompañamiento,
- y más riesgos de eco mal interpretado.
El 2026 será una prueba para el periodismo colombiano:
¿cómo informar sin convertirse en objetivo?
¿cómo narrar la atmósfera sin alterar la atmósfera?
¿cómo contar la verdad sin activar la máquina de represalias?
8. Cierre del ciclo mutante
El EMC no solo disputa territorios, rutas y poder.
Disputa la palabra.
Disputa la interpretación.
Disputa la narrativa que define quién es víctima, quién es actor, quién es responsable y quién es héroe.
Y en esa disputa, los periodistas quedan atrapados en un juego perverso donde cada palabra es una apuesta.
Un país donde escribir es resistir, y resistir es un acto político involuntario.
El ecosistema mediático no sobrevivirá intacto al 2026.
Pero si algo ha demostrado Colombia es que la palabra, aunque tiemble, no desaparece.
La prensa en este país no se extingue.
Mutó.
Sangra.
Pero sigue.
Porque incluso cuando el EMC controla la atmósfera, siempre hay un periodista dispuesto a escribir desde adentro del huracán.



