abril 11, 2021

mi Manizales del alma!

Creo en ti mi Manizales…

Los picados en el parque El Cable

Por: Julián Gallego Marulanda

Antes de que invadiéramos los parques para convertirlos en campos de fútbol ya habíamos sostenido algunos encuentros en la casa del doctor Ernesto Gutiérrez.

Todos los días, después del colegio, Miguel y Andrés Ocampo hacían el pico-monto; la cancha contaba con muy buena iluminación y mejor sombra, que le proporcionaban los árboles de feijoa y unos frondosos nísperos al lado de cada una de las arquerías.

 Más de un gol recibió el “Cabezón Salazar” por estar robando nísperos cuando dejaba descuidada la portería. Entonces armábamos unos bullicios tremendos que se sentían en las casas de los vecinos.

Fue cuando caímos en cuenta de que necesitábamos una sede sin propietario para adueñarnos de ella, pero no hubo necesidad de ese segundo paso —adueñarnos de ella—, pues resultó un parque con dueños. Por consenso general se escogió el parque El Cable —Donde hoy queda Juan Valdés— previo acuerdo con sus propietarios y administradores:

los Sánchez Prieto (los “Maduro” que eran doce. Los Mejía Cordobés (Los “Pescados”) que sumaban más de 10  y Los Mejía Arango: “Buchón”, “Langara”, “Petunia” y “Ardilla” que hacían por cien, y se escogió precisamente por estar en el centro del convite, pues allí convergían los barrios Palogrande, Palermo, La Camelia, La Estrella, La Rambla, Belén y La Leonora

. El poderío de estos barrios solo era medible mediante los picados de banquitas vespertinos y nocturnos y, por esa razón. Existía un claro reglamento que había que cumplir a cabalidad:

•        El portero siempre es el más gordo.
•        El partido nunca acaba en un tiempo establecido.
•        El último gol gana.
•        Solo se cobra falta si hay sangre o llanto.
•        No existe el fuera de juego.
•        Al dueño del balón se debe poner de tamalero y se le hacen pases, no sea que se aburra y se lleve el esférico.
•        La barrera nunca debe estar a la distancia reglamentaria.
•        Son enemigos para siempre los jugadores del barrio más cercano.
•        Los más malos del equipo solo pueden jugar de defensas o palomeros.
•        En caso de que se quiebre un vidrio de las casas de los vecinos, se procede a recomendarles a los dueños que pongan rejas protectoras.
•        No se permite vocabulario soez ni peleas.
•        La portería estará hecha con dos piedras que nunca sean del mismo tamaño.
•        Apostar salchichón y pan en La Rambla significaba jugar una final.
•        Si se presentan querellas, escaramuzas o situaciones crónicas de diversidad de opiniones, los querellantes se citan en el parque La Estrella donde, a muñeca limpia, solucionan sus problemas.
•        Si un transeúnte desconocido pretende cruzar el parque en pleno desarrollo de un picadito no se para el juego, ya que un emisario, previamente entrenado, lo acoge, le muestra el camino alterno y le regala un boli boli de los que vende Motato, un peligroso caco  que, junto con la Bruja, los Cachonas Farolas , Los Mellizos… hacían parte de una banda de tenebrosos atracadores que, después de un convenio de no agresión, también montaron su propio equip.

.Hubo tanto apogeo de los picados que hasta Barquillos formó su propio equipo y compró el pase de Chine (Totol) que había sido tasado por “chinco chentavitos”.

Lalo Correa, hábil empresario, no se quedó atrás. Le compró el pase de Pablo Ocampo a los de La Camelia, propietarios de sus derechos deportivos, lo que se consideró la transacción más cara del parque de El Cable de toda su historia —extraoficialmente se habla de: tres trompos puchatelas, cien canicas, un balero, un yoyo Russell Coca-Cola y la lámina más difícil del álbum del mundial del setenta: Chumpitaz—. Pablo reforzaría el equipo al que también pertenecían:

Abraham Montoya; Condorito Arbeláez —que era el fotógrafo oficial—; Pablo Felipe y Julián Gómez; César Bravo; Carlos Arturo Gómez, Pulgada; Hernán Gómez; Chiqui y Hernán Vélez.

Cuando la gente de Palermo se enteró de que se iban a cerrar las inscripciones, aparecieron en bombas liderados por Pancho Mejía —siempre con sus impecables botines blancos—, nada más y nada menos que Cucaracho González, que no se asemejaba a su capitán puesto que jugaba descalzo; Ramiro, su hermano, que era la antítesis, pues lucía como un príncipe; Carlos Alberto Salazar y Pablito Calderón.

 Nos sorprendimos cuando apareció otra constelación de estrellas: Felipe Rivas, John Uribe, Ricardo Spaggiari, Andrés y Alejandro Trujillo y Porcelana Robledo.

Carlos Arturo “Brujo” Cruz lideraba todos los herederos de don Antonio Llano: Juan, el Mono; Carlos e Ite que alternaban con Álvaro Gallego; Jaime “Piña” Giraldo; Gera Herrera; el popular Mono el Cacho Mejía; José Gutiérrez; y José Llano. ¡Qué tal el juicio…! Báilame ese trompo en la uña.

Los locales, capitaneados por el astro Miguel José Uribe, Pingüino, también inscribieron para estas gestas a don Enrique “Cumbia” Araque; Carlos Ignacio Escobar, el Diablo y a Pechita Robledo.

Como peces en el agua se batían en este club Andrés y Mauricio Mejía Cordobés. Pingüino, después de analizar que su equipo estaba muy crudo, optó por adquirir los pases de Arturo, Julián y Ricardo Sánchez Prieto. Y en verdad se vio un equipo mucho más Maduro.

 A última hora inscribieron a Buchón y Langara Mejía Arango y a Míster Duque.

Yo hice parte del equipo que conformamos con: Chacho y Nacho Ocampo —casualmente ambos fallecidos muy prematuramente en absurdas circunstancias —, Diego Ocampo, Roberto Londoño y Andrés Buitrago que se entendía a las mil maravillas con Mauricio Botero, Germán Salazar y sus hermanos Meño y Pablo.

También nos acompañaban equipos extranjeros como el conformado por los Restrepo Giraldo, Julián Restrepo y los Muñoz de La Estrella: Chepe, Manabeto y Juancho.

Otros que tocaron el cuero según los registros de prensa fueron nada más y nada menos que estrellas de la talla de Wichy  y Harold Garrido, el Gordo Molina, Chucho López, Mario Felipe Gutiérrez y su hermano Juan Carlos “Tío” Zuluaga, Chorizo Jaramillo, Darío Calderón, Felipe Cuéllar, Alberto Uribe y Felipe y Roberto Buitrago.

 Felipe y Alberto, marcador por la izquierda y puntero derecho respectivamente, terminaron jugando en el célebre Machetazo.

Pero de eso tan bueno no dan tanto. Cuando el parque de El Cable era para nosotros un sitio sagrado en donde vivíamos experiencias enriquecedoras cultivando sanamente nuestra amistad… ¡Tenga! Un martes cualquiera del mes de las cometas, Socorro Uribe, que se daba el lujo de ver los partidos desde su cama, advirtió un movimiento sospechoso. Sí, una empresa de vigilancia había mandado al celador Wilson y armado con un machete de treinta y seis pulgadas

. La orden que traía, según decía él, era “Deshabilitar el parque como cancha de fútbol pues ese no era su objetivo”. Después de investigar su prontuario, Pingüino se dio cuenta de que el hombre tenía serios problemas con el alcohol.

Acto seguido convocó a su compinche Cumbia quien apareció con un litro de aguardiente. Sí, en vedad tenía problemas con el licor. Todos los días había que “emprimerarlo” desde por la mañana con media de aguardiente. ¿De dónde salía? Del equipo perdedor.

 Un día un amigo, de cuyo nombre no puedo acordarme, sacó un taponazo con tan mala suerte que fue a dar el balón al parabrisas de un bus que transitaba por ahí. Todos nos abrimos a correr y el único que se quedó fue el celador.

 El chofer del bus se bajó iracundo con una macheta de esas de cortar caña y el celador fue a buscar su machete de treinta y seis pulgas y el chofer, al advertir que estaba desarmado, le prendió carrera… eso fue en el año 1973 y Wilson no ha vuelto por los tenis Croydon que le habían obsequiando los Gutiérrez Arbeláez para que no fuera tan patecabra.

Este suceso hizo que los papás de los dueños del parque: don Ernesto Sánchez, don Hugo Mejía y don Carlos Mejía se reunieran y tomaran las medidas cautelares respectivas.

 Dos años suspendida la grama del monumental de El Cable. No hay mal que por bien no venga, pues a raíz de esta sanción se originó el campeonato de La Florida.

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