JOSÉ MIGUEL ALZATE

Por José Miguel Alzate

Quien lea el título de este artículo se preguntará, de entrada, dónde queda o qué es Cerro Maco. Pues bien: es fácil explicarlo: Cerro Maco es una institución cultural de amplia trayectoria, que funciona en el municipio de San Jacinto, un pequeño pueblo a 97 kilómetros de Cartagena, en el departamento de Bolívar. Se le conoce como El Café Literario de América. Todo porque lo conforman un grupo de soñadores que han hecho de la palabra un vehículo para transmitir sus emociones frente al paisaje, sus angustias existenciales, sus preocupaciones vitales, su deslumbramiento ante la belleza literaria y, desde luego, su visión de la sociedad contemporánea. Son hombres y mujeres entusiastas, convencidos de la fuerza del lenguaje para exaltar la belleza, que escriben cuento y poesía, que hablan de libros y autores, que discuten sobre arte y, sobre todo, que expresan la alegría que se siente al tener un libro entre las manos.  

Los impulsores de esta idea que a mucha gente en San Jacinto le puede parecer descabellada porque no produce plata, para bautizar ese sitio de encuentro con la palabra se apropiaron del nombre del cerro tutelar del municipio, que en realidad se llama Cerro de Maco, para darle trascendencia a esas reuniones que hacen frente a un pequeño quiosco del parque principal, donde se consume un café que se produce en Los Montes de María. El cerro, que permite una vista espectacular sobre el paisaje espléndido, ubicado a 810 metros de altura sobre el nivel del mar, está catalogado como un atractivo turístico de la región montemariana. A él se llega por una carretera plana, destapada y estrecha, que bordea una naturaleza exuberante, donde sobresalen algunos cultivos de café. Es el mismo sitio que el compositor vallenato Adolfo Pacheco llevó a uno de sus éxitos musicales, La hamaca grande, comparándola con la altura del cerro.   

San Jacinto es un poblado apacible que se extiende sobre una explanada inmensa, de calles amplias y construcciones sencillas, que como los pueblos antioqueños respira en algunos puntos un agradable olor a café. Fundado en 1776, se destaca en la zona caribe colombiana por la belleza de sus artesanías y, sobre todo, por haber sido durante muchos años una tierra azotada por la violencia de los grupos al margen de la ley, que convirtieron el corazón de Los Montes de María en escenario de muerte. A esa historia violenta que marcó a muchos de sus pobladores se quiere sobreponer este pueblo que en sus primeros años fuera ocupado por los indios zenúes. Para lograrlo, ese grupo de poetas y escritores que se reúnen alrededor de una taza de café orgánico, tostado en su propio local por el promotor cultural Neyl Reyes Anillo, le apuesta a construir un territorio de paz, iluminado por el fulgor de la palabra.   

Al llegar a esta parte en la lectura de esta crónica que intenta mostrar las cosas buenas de un pueblo estigmatizado por esa violencia que le tocó vivir durante mucho tiempo, los lectores se preguntarán qué les quiere decir este contador de historias con esta extensa introducción. Pues bien: se los voy a decir. Como consecuencia de la pandemia producida por el coronavirus, las actividades culturales se tuvieron que reinventar. Aprovechando entonces las redes sociales y las nuevas tecnologías como Zoom y Meet, ese grupo de gente inquieta por las actividades del espíritu, que ve en la expresión poética la oportunidad para cantar sus alegrías interiores y sus angustias existenciales y que creen en la palabra como herramienta para cantar la belleza, descubrió que por este medio también se podía llevar un mensaje positivo a los jóvenes de San Jacinto que durante este año han experimentado en la educación virtual.  

La oportunidad de escuchar a un escritor desde una zona distante de su entorno geográfico fue el resultado de ese querer acercar a un autor a los lectores para interactuar sobre su obra literaria. Tuve el honor, a través Cerro Maco, la fundación que apoya actividades culturales en San Jacinto, de participar en un conversatorio con estudiantes de la Institución Educativa Pio XII. El tema escogido fue la literatura infantil. Se propuso este tema porque una profesora tuvo la oportunidad de leer mi libro “Cuando en sueños Amanecer conoció el bosque”, una novela infantil que intenta despertar en los niños su capacidad de asombro y, al mismo tiempo, sembrar en ellos valores. En una charla de casi hora y media de duración, les expuse a los estudiantes por qué la novela infantil es el instrumento para sembrar valores en el alma de los niños. Narrándoles el argumento de mi libro, les expliqué por qué razón los escritores de literatura infantil tratan de conquistar el alma de los niños a través de la fantasía.  

Cuando hablaba sobre los escritores que mejor se han acercado a la psicología de los niños, haciendo que ellos entiendan el mensaje que llevan sus libros, que no es otro que mostrarles a través de historias llenas de ternura, narradas en un lenguaje propio para ellos, el verdadero sentido de la existencia, me llegaron a la memoria los cuentos de Charles Perrault, las narraciones de Hans Cristian Andersen y los experimentos con la fantasía de los hermanos Grimm. Les dije que Gabriel García Márquez había descubierto su vocación por la lectura después de leer en un periódico en el que su abuelo había llevado envuelto, a su casa, un atado de panela, un cuento de Las mil y una noches. Les narré entonces la historia de Sherezada, la hermosa mujer que con sus cuentos fantásticos logra que el sultán no la asesine, como lo hacía con todas las mujeres que llevaba a su palacio. Les hablé también de esos relatos mágicos donde aparecen la lámpara maravillosa manejada por Aladino, del grupo de cuarenta ladrones dirigidos por Alí Babá, de las doncellas que brotan del agua, de los pescadores de estrellas que juran obediencia y de la alfombra voladora que cruza el aire llevando un hombre con un turbante rojo.  

A un hombre de San Jacinto que tiene un corazón dispuesto para auspiciar diálogos donde la literatura sea la protagonista debo el honor de haber hablado ante los estudiantes de la Institución Educativa Pio XII. Se llama Gonzalo Alvarino. Es poeta, y de los buenos. Tiene el alma abierta a la creación literaria. Lo acompaña siempre un buen libro, y siente la música de las palabras cuando expresa en versos su visión de la vida, sus dolores del alma, sus angustias cotidianas, su fascinación ante la belleza y sus preocupaciones metafísicas. Alvarino organiza, cada sábado, desde San jacinto, un encuentro virtual de escritores. Es una forma de mantenerse vivo en su pasión por la palabra y, además, de llevar un mensaje de esperanza a los habitantes de un pueblo que busca superar esa noche oscura de la violencia. En ese diálogo que hermana a poetas de México, Brasil, Argentina, España y Chile con creadores colombianos se descubre, con alegría, que la poesía está viva, y que es solo cuestión de voluntad reunir a hombres y mujeres de diversas latitudes para recordar los versos de amor de Neruda, la voz desolada de Barba Jacob, los dolores en el alma de Baudelaire, la angustia existencial de Arthur Rimbaud y el regocijo espiritual de Walt Whitman.  

Cuando hablaba ante niños y jóvenes, diciéndoles que la literatura es un camino para encontrar la felicidad, recordé la tarde de un jueves cuando, en mi tierra caldense, acompañé a un grande de la literatura infantil en Colombia, Jairo Aníbal Niño, a hablarles a un grupo de niños sobre su oficio como escritor. No les habló de El gato con botas, ni de Pulgarcito, ni de Caperucita Roja ni de La Cenicienta. Lo hizo sobre la pasión por escribir para ellos, señalándoles que el aire alrededor de un grano de arena es la flor amarilla, alrededor de un vaso de agua es la gaviota, alrededor de una gotera en el pecho es el mar. Con su palabra iluminada, como salida de una fuente mágica, el escritor boyacense tuvo en vilo durante más de dos horas a cerca de doscientos niños que lo escuchaban fascinados. A ellos les parecía increíble todo lo que les contaba. Ese día comprobé que un buen expositor tiene la virtud de transportar a los niños hacia esos mundos imaginados por los autores, como haciéndoles vivir esa fantasía que transmiten los buenos cuentos. Yo quedé fascinado frente al juego de palabras, frente a esa imaginación luciferina, frente a ese poder alucinante de las historias que narraba. Lo que pasa es que también tengo alma de niño. Creo que por esta razón escribí la novela Cuando en sueños Amanecer conoció el bosque, y dos relatos infantiles que aparecen en mis libros de cuentos Sinfonía en azul e Historias de un pueblo encantado. En el primero, La estrella encantada. Y en el segundo, La niña que encontró una estrella.  

Voy a contar aquí, brevemente, cuál es la historia que narra mi novela infantil Cuando en sueños Amanecer conoció el bosque. Empiezo contándoles que cuando le ofrezco el libro a cualquier persona, le digo que es una historia de niños que leída por una persona mayor despierta en su alma el niño que lleva adentro. Le agrego que, como lo han escrito algunos analistas, es un libro para deleite de niños hasta los ochenta años de edad. Pues bien: este es el argumento. El personaje central es una niña de seis añitos, llamada Amanecer, que en medio de sus sueños se encuentra en un bosque con Tilolilo, un niño de cuatro años, a quien ha convertido en su amiguito imaginario. Todas las mañanas, al despertar, ella le cuenta a su mamá los sueños que tiene con él. Le dice que va hasta el bosque donde él vive, y que los dos se entretienen mirando las mariposas que vuelan por los jardines, las ardillas que saltan en los árboles, el agua que corre por las quebradas, los anturios que florecen a la vera del camino y los pájaros que cantan sobre el copo de los eucaliptos. En el bosque los cuida Moisés, un hombre bueno, sabio, noble, que les enseña a cuidar la naturaleza, a querer a los animales y a respetar a los mayores. Cuando en sueños Amanecer conoció el bosque inculca en los niños principios y valores y, sobre todo, les enseña a cuidar la naturaleza y a proteger el medio ambiente. El interés de los jóvenes estudiantes del Colegio Pio XII de San Jacinto por la lectura me hizo entender que no se puede perder la esperanza en construir en mundo donde los valores sean primordiales. En este pueblo estaré, a finales de este año, invitado por Cerro Maco, para hablar de literatura. 

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