El sonido de una moneda en el suelo ha desaparecido

¿Quién queda fuera cuando el mundo deja de aceptar efectivo?

En las calles de Nueva York y Londres, los mendigos y músicos callejeros ya no oyen el tintineo de monedas en sus sombreros. Desde mediados de la década de 2020, la acelerada transición hacia una economía sin efectivo —impulsada por tarjetas contactless, apps de pago y códigos QR— ha dejado atrás a quienes dependen del dinero en efectivo para sobrevivir. Personas sin hogar, adultos mayores, comunidades marginadas y trabajadores informales ven cómo su acceso a la economía cotidiana se desvanece, no por elección, sino porque el mundo ha decidido que el efectivo ya no es bienvenido.


El último mendigo con una lata vacía

En una esquina del metro de Nueva York, bajo el eco de trenes que no se detienen, un hombre de unos cincuenta años sostiene una lata de aluminio. Hace diez años, esa lata rebosaba con el tintineo de monedas sueltas. Hoy, está casi vacía. No es que los neoyorquinos hayan perdido su espíritu solidario. Es que ya no llevan monedas.

Como muchos otros en la ciudad, este hombre —quien prefiere no dar su nombre— recibe cada vez menos limosnas. “La gente me dice: ‘Lo siento, no traigo efectivo’”, cuenta. “Y ya no sacan la cartera. Solo pasan con su celular pegado al oído”.

No es una anécdota aislada. Según reportes del New York Times de noviembre de 2025, los mendigos en la Gran Manzana han notado un descenso drástico en las donaciones. El motivo: una transformación silenciosa que ha cambiado la forma en que millones de personas pagan… y dan.


El mundo se está volviendo cashless —pero no todos van a bordo

En menos de una década, Estados Unidos ha visto cómo el número de personas que nunca usan efectivo en una semana típica saltó del 24 % en 2015 al 41 % en 2022, según un estudio del Pew Research Center. En el Reino Unido, las proyecciones son aún más radicales: el país podría ser completamente sin efectivo para 2043.

Pero detrás de esas cifras hay una realidad más compleja. Porque mientras algunos celebran la comodidad de los pagos con un toque de tarjeta o un código QR, otros —los más vulnerables— se quedan sin acceso al sistema económico más básico: intercambiar algo por algo.

Según Pew, el 30 % de los hogares con ingresos por debajo de los $30,000 al año sigue usando efectivo para todas o casi todas sus compras. En contraste, solo el 6 % de los hogares con ingresos superiores a $50,000 hace lo mismo. La brecha no es tecnológica. Es económica, racial y generacional.


“Ya no puedes decir ‘no traigo cambio’”

En Londres, los músicos callejeros —los famosos buskers— han empezado a adaptarse. Muchos ya no llevan sombreros abiertos, sino lectores de tarjeta contactless o carteles con códigos QR. “Antes, la gente decía ‘no tengo cambio’. Ahora, eso ya no es una excusa”, señala uno de ellos en una entrevista con XS Noize.

La transición suena lógica: si nadie lleva efectivo, ¿por qué depender de él? Pero hay un problema. La espontaneidad se perdió. Donar una moneda es un acto casi automático, emocional, humano. Hacer una transferencia digital requiere abrir una app, desbloquear el teléfono, elegir un monto… y decidir si vale la pena.

Además, no todos los artistas callejeros tienen un smartphone, una cuenta bancaria o el conocimiento técnico para operar estas plataformas. Para ellos, la digitalización no es avance: es una nueva barrera.


Efectivo = control, autonomía, dignidad

Durante siglos, el efectivo ha sido más que un medio de pago. Es una herramienta de supervivencia. Para una madre soltera que vive al día, ver cuánto dinero le queda en la billetera es la única forma de no quedarse sin comida. Para una víctima de violencia doméstica, el efectivo guardado en un calcetín puede ser la diferencia entre escapar… o quedarse.

El efectivo también es anónimo. No deja rastro. No pide identificación. No discrimina por raza, edad o historial crediticio. En un mundo donde hasta la compra de un café puede requerir una app, una contraseña y una verificación biométrica, el efectivo sigue siendo uno de los pocos espacios de libertad financiera.

Pero ese espacio se está reduciendo. Y con él, la capacidad de millones de personas para participar en la vida cotidiana.


¿Y si no tienes tarjeta? Mejor no salgas

En ciudades como Londres o San Francisco, cada vez más comercios —desde cafés hasta supermercados— han dejado de aceptar efectivo. Algunos lo hacen por conveniencia; otros, para “modernizarse”. Pero el efecto es el mismo: si no tienes tarjeta, no puedes entrar.

Esto afecta especialmente a los adultos mayores. En EE. U. U., el 71 % de las personas mayores de 50 años afirma que siempre trata de tener efectivo a mano. Entre los menores de 50, ese número cae al 45 %. Muchos ancianos no usan smartphones, no confían en las apps bancarias o simplemente no entienden cómo funcionan los pagos digitales.

El resultado: aislamiento. Exclusión social disfrazada de “progreso”.


Las cifras que muestran la división

  • 26 % de los adultos negros en EE. U. U. usan efectivo para todas o casi todas sus compras semanalmente.
  • 21 % de los adultos hispanos hacen lo mismo.
  • Solo 12 % de los adultos blancos dependen del efectivo.

Estas diferencias reflejan décadas de exclusión financiera: bancos que no prestan en barrios minoritarios, requisitos de identificación inaccesibles, históricos crediticios “delgados”. Para estas comunidades, el efectivo no es “lo de antes”. Es lo que funciona hoy.


La respuesta tecnológica: ¿Solución o trampa?

Frente a esta crisis, han surgido “soluciones digitales inclusivas”. En China, algunos mendigos muestran códigos QR vinculados a WeChat. En Londres, el ayuntamiento distribuye lectores de tarjeta a músicos callejeros. En EE. U. U., apps como Venmo permiten donar con un clic.

Pero todas tienen un problema común: presuponen que todos están conectados. Tener un smartphone, acceso a internet, una cuenta bancaria y una identidad digital verificada ya no es un lujo: es un requisito para existir económicamente.

Y eso, en una sociedad desigual, es una condición que millones no pueden cumplir.


El llamado a la reglamentación: “El efectivo es un derecho”

Ante esta tendencia, varios gobiernos han empezado a actuar. En EE. U. U., la “Payment Choice Act” —respaldada de forma bipartidista— busca obligar a los comercios físicos a aceptar efectivo para transacciones menores a $500. “El efectivo no se congela, no necesita WiFi y no puede hackearse”, ha dicho el senador John Fetterman.

En el Reino Unido, el banco central y la autoridad financiera han establecido un Servicio Universal de Efectivo, que asegura que todos los ciudadanos tengan acceso a cajeros y puntos de retiro. Porque, como reconoce el propio Banco de Inglaterra: en caso de apagón, ciberataque o desastre, el efectivo es la única red de seguridad que no falla.


El futuro no tiene que ser todo digital

La moneda digital del banco central (CBDC), como el “digital pound” que se discute en el Reino Unido, suena como el próximo paso lógico. Pero su diseño será crucial. Si se convierte en una herramienta de control masivo o excluye a quienes no tienen identidad digital, repetirá los mismos errores.

La verdadera innovación no está en eliminar el efectivo, sino en construir un ecosistema de pagos mixto, donde coexistan tarjetas, apps, monedas digitales… y billetes. Porque el dinero no es solo tecnología: es relación humana.


El gesto que desaparece

Donar una moneda a un músico callejero, ayudar a un vecino con un billete de $20, pagarle al jardinero en efectivo… estos no son actos “anticuados”. Son formas de reconocimiento mutuo, de solidaridad cotidiana, de economía con rostro humano.

Cuando esos gestos desaparecen, no solo se pierde una forma de pago. Se pierde un lenguaje común, una manera de cuidarnos entre desconocidos. Y eso, ningún algoritmo puede reemplazar.


La pregunta que define nuestro futuro

La transición hacia una economía sin efectivo no es solo técnica. Es moral. Nos obliga a preguntarnos: ¿qué tipo de sociedad queremos construir?

¿Una donde el progreso se mide por la velocidad de las transacciones… o por la capacidad de ningún ser humano quedar atrás?

Porque mientras haya alguien que dependa del efectivo para comer, para escapar, para vivir…
el mundo no puede darlo por muerto.


La Transición a una Economía Sin Efectivo: Diagnóstico de la Exclusión Social y Estrategias de Inclusión Financiera

Deep Dive

El Panorama Global de la Economía Sin Efectivo: Tendencias y Modelos de Adopción

La transición global hacia un sistema de pagos predominantemente digital representa una transformación económica profunda y multifacética, caracterizada por una tasa de cambio acelerada y una diversidad de modelos de adopción. Este fenómeno está redefiniendo la interacción económica cotidiana, pero también está exponiendo profundas brechas de inclusión social que amenazan con marginar a millones de personas. En economías desarrolladas como Estados Unidos y el Reino Unido, la evidencia apunta a una caída drástica y sostenida en el uso del efectivo, impulsada por una combinación de factores tecnológicos, culturales y circunstanciales. En el Reino Unido, el efectivo representaba el 61% de todas las transacciones en 2007; sin embargo, esta cifra ha disminuido drásticamente hasta alcanzar un estimado del 9.7% para 2025 [[8]]. Proyecciones indican que podría seguir cayendo al 8% para 2030 [[8]]. De manera similar, en Estados Unidos, el porcentaje de personas que no manejan efectivo casi se duplicó entre 2015 y 2022 [[11]], y un estudio de 2017 encontró que la mitad de los estadounidenses salían de casa sin llevar ningún billete [[11]]. Esta rápida transición ha sido catalizada por la conveniencia inherente de los pagos contactless, la percepción de mayor seguridad y, de manera significativa, durante la pandemia de COVID-19, donde las preocupaciones sanitarias sobre el manejo de dinero físico, aunque posteriormente minimizadas por la OMS, aceleraron la adopción de sistemas de pago sin contacto [[12,13]].

Sin embargo, la trayectoria hacia una economía sin efectivo no es uniforme ni monolítica. Los modelos de adopción varían considerablemente entre países, reflejando diferencias en infraestructura, cultura empresarial y marcos regulatorios. Por ejemplo, mientras que Suecia se aproxima a un estado “near-cashless”, con solo el 15% de los pagos al por menor realizados en efectivo en 2018, lo que ha llevado a considerar una ley que obligue a los bancos a ofrecer servicios de efectivo debido a los riesgos de exclusión [[7,30]], China logró una adopción masiva de pago móvil QR-code en menos de una década, integrando estas tecnologías en plataformas sociales dominantes como Alipay y WeChat Pay [[14,18]]. En contraste, otros países han optado por enfoques más reguladores para proteger a los consumidores. Australia, por ejemplo, propuso un modelo sectorial que exigiría a los negocios que aceptaran el efectivo en servicios esenciales como supermercados, farmacias y transporte público, reconociendo que simplemente garantizar el acceso a efectivo no era suficiente para asegurar la inclusión financiera [[8]]. Este espectro de estrategias demuestra que no existe un único camino hacia la digitalización; las políticas deben adaptarse a las realidades locales para equilibrar la innovación con la protección social.

El impacto de esta transición es particularmente pronunciado en la economía informal, sectores que históricamente han dependido de las transacciones en efectivo. Los músicos callejeros (buskers) y los mendigos reportan una disminución notable en las donaciones debido a que los transeúntes ya no llevan consigo efectivo [[12,36,37]]. Los mendigos de Nueva York informaron a The New York Times que el cambio ha resultado en menos limosnas [[11]]. Esta disminución tiene consecuencias directas en la supervivencia de estas poblaciones. Para los mendigos, el efectivo es la única forma de recibir ayuda, y la reducción de las donaciones de efectivo ha impactado directamente su capacidad de subsistencia [[13]]. De manera similar, los buskers, cuyo ingreso es inherentemente espontáneo y variable, ven socavada su principal fuente de ingresos [[36]]. Los ingresos de los buskers pueden fluctuar drásticamente, desde $8-$100 por hora, dependiendo de la ubicación y la temporada, con algunos días llegando a los $300 durante festivales, mientras que otros pueden rendir tan solo $20 en invierno [[36]]. Esta volatilidad se ve exacerbada cuando la base de donantes, que antes se basaba en la disponibilidad de cambio, se reduce por la digitalización generalizada.

Para abordar este desafío, han surgido diversas iniciativas tecnológicas. En Londres, el Ayuntamiento, en colaboración con la fintech sueca iZettle, ha equipado a los buskers registrados con lectores de tarjetas para aceptar pagos contactless [[37,42]]. Charlotte Campbell, una buskera participante en el programa, afirmó que las opciones de pago contactless “tuvieron un impacto significativo en las contribuciones” y observó un efecto de contagio social donde un gesto de donación digital inspiraba a otros a seguir el ejemplo [[42]]. En China, algunos mendigos han comenzado a usar códigos QR para recibir donaciones digitales a través de plataformas como WeChat, un sistema que permite a cualquiera escanear el código para transferir fondos directamente a su teléfono, incluso si el solicitante no posee uno [[13,40]]. Otros proyectos, como The Busking Project, han desarrollado aplicaciones móviles que permiten a los artistas crear perfiles públicos con códigos QR o enlaces para recibir pagos a través de Apple Pay, Google Wallet o PayPal [[36,37]]. Sin embargo, la adopción de estas tecnologías enfrenta barreras significativas. Muchos buskers resisten la comercialización de su arte y se sienten incómodos con las comisiones de las aplicaciones o la presencia de publicidad [[36]]. Además, la audiencia muestra una iniciativa limitada para utilizar estas opciones digitales, y la transacción digital requiere un esfuerzo cognitivo y técnico superior al simple acto de depositar una moneda en un sombrero [[37,40]]. El éxito de estas iniciativas sigue siendo incierto, ya que depende tanto de la disposición de los artistas para adoptar la tecnología como de la voluntad de los donantes para realizar transacciones digitales espontáneas [[36]]. La complejidad de estas dinámicas subraya que la tecnología por sí sola no puede resolver el problema de la exclusión en la economía informal; es necesaria una adaptación cultural y una comprensión profunda de las motivaciones y prácticas de ambas partes involucradas.

Indicador de TransiciónReino UnidoEstados Unidos
Uso de Efectivo en Pagos Totales (Estimado)9.7% para 2025 [[8]]30% en 2020 [[12]]
Crecimiento de Transacciones con Tarjeta (2009-2019)No disponible en fuentesCrecimiento anual del 7.8% [[11]]
Penetración de Debit Cards (2020)83% [[11]]No disponible en fuentes
Penetración de Credit Cards (2020)No disponible en fuentes72% [[11]]
Impacto en DonacionesReducción reportada en donaciones a músicos callejeros [[36,37]]Reducción reportada en donaciones a mendigos [[11,13]]
Modelo de Solución AdoptadoLectores de tarjetas (iZettle) para buskers [[42]]Sistemas de pago por QR code (WeChat) [[13]]

Mapeo de la Exclusión: Grupos Vulnerables y sus Barreras Fundamentales

La transición hacia una economía sin efectivo, si bien ofrece beneficios en eficiencia y comodidad, revela una geografía de la exclusión social alarmante, dejando a muchos individuos y comunidades atrás. La evidencia recopilada permite mapear con precisión quiénes son los más vulnerables y las barreras interconectadas que impiden su plena participación en el sistema financiero digital. Estas barreras no son aisladas, sino que se refuerzan mutuamente, creando ciclos de marginalización difícil de romper. Los grupos más afectados comparten dificultades en cuatro áreas clave: acceso a la tecnología, competencia digital y financiera, costos prohibitivos y falta de confianza.

Los individuos sin hogar y aquellos en situación de precariedad económica constituyen una de las poblaciones más afectadas. Su dependencia del efectivo es absoluta, ya que les proporciona la única vía de acceso inmediato a necesidades básicas como comida, agua y refugio, sin requerir la interacción con instituciones financieras [[11]]. La reducción de las donaciones en efectivo ha impactado directamente su capacidad de supervivencia, con mendigos en Nueva York reportando una disminución de las limosnas [[11]]. Más allá de la pérdida de ingresos, carecen de la infraestructura fundamental para participar en la economía digital, como cuentas bancarias, regularidad en los ingresos y acceso a dispositivos tecnológicos o conocimientos digitales [[11]]. Una solución integral debe abordar no solo la provisión de medios de pago digitales, sino también las causas subyacentes de la exclusión, como la falta de vivienda, empleo y servicios de salud [[11]].

Los adultos mayores representan otra población extremadamente vulnerable. Con una prevalencia creciente de enfermedades crónicas, problemas de visión y artritis, muchas personas mayores encuentran difícil navegar interfaces digitales complejas y operar dispositivos tecnológicos [[27,32]]. La preferencia por el efectivo en esta demografía no es solo una cuestión de hábito, sino también de control y seguridad percibidos. El efectivo ofrece una herramienta tangible para gestionar presupuestos y evitar la acumulación de deudas, algo que los sistemas digitales pueden dificultar al permitir transacciones instantáneas y ocultar el saldo restante [[4,18]]. La consolidación de sucursales bancarias, que ha eliminado miles de ellas en el Reino Unido desde 2015, agrava aún más esta exclusión física, eliminando los puntos de contacto cara a cara que muchos ancianos prefieren y necesitan [[18,31]]. Cerca de la mitad de las personas mayores de 75 años en el Reino Unido reportan tener dificultades con el banco en línea [[8]].

Las personas con discapacidad encaran barreras de accesibilidad tanto físicas como cognitivas. Las estadísticas muestran una disparidad significativa: solo el 64% de las personas con discapacidad tienen acceso a internet, en comparación con el 86% de las personas sin discapacidad [[32]]. Las barreras van desde sitios web financieros que no cumplen con los estándares de accesibilidad (el 97% no los cumple) hasta cajeros automáticos incompatibles con lectores de pantalla o interfaces difíciles de usar para quienes padecen artritis [[18]]. Las leyes de protección contra la discriminación, como el Equality Act 2010 en el Reino Unido, exigen ajustes razonables, pero las instituciones financieras a menudo fallan en cumplir con estas obligaciones, negándose o procesando inefficientemente las solicitudes de adaptación [[32]]. Además, la comunicación a través de canales telefónicos únicamente puede ser un obstáculo para personas sordas, y la falta de información en formatos accesibles como “Easy Read” para personas con discapacidades de aprendizaje limita su capacidad para tomar decisiones financieras informadas [[32]].

Otras comunidades vulnerables incluyen a las minorías étnicas, las víctimas de abuso doméstico y las familias de bajos ingresos. En Estados Unidos, los hogares negros y latinos presentan tasas de bancarización más bajas, a menudo debido a barreras sistémicas como la discriminación racial en la banca y la falta de identificación oficial [[24,27]]. En el Reino Unido, los hogares hindúes y musulmanes también muestran tasas de bancarización elevadas, lo que sugiere barreras culturales o religiosas [[8]]. Para las víctimas de abuso doméstico, el efectivo es un mecanismo de supervivencia vital. Permite la creación de ahorros discretos y la independencia financiera necesaria para escapar de relaciones abusivas, actuando como una red de seguridad crítica cuando los gastos digitales pueden ser monitoreados por los agresores [[5,23]]. Finalmente, las familias de bajos ingresos utilizan el efectivo como una herramienta indispensable para la gestión del presupuesto. Ofrece una visibilidad clara del dinero restante y ayuda a evitar las deudas y los cargos asociados con las cuentas bancarias, que son un factor principal para abandonarlas [[4,18]]. Para estas familias, la ausencia de efectivo puede significar una pérdida total del control sobre sus finanzas personales.

Grupo VulnerableBarreras Clave IdentificadasDatos Cuantitativos Relevantes
Personas sin HogarCarencia de cuentas bancarias, falta de regularidad de ingresos, sin acceso a tecnología/digital literacy.Dependen del efectivo para acceder a necesidades básicas inmediatas. [[11]]
Adultos MayoresProblemas de salud (visión, artritis), menor familiaridad con la tecnología, preferencia por el control tangible.49% de los >75 años reportan dificultades con el banco online. [[8,27]]
Personas con DiscapacidadBarreras de accesibilidad (web, ATMs), falta de ajustes razonables, baja penetración de internet.Solo 64% de personas con discapacidad tienen acceso a internet vs. 86% sin discapacidad. [[18,32]]
Minorías ÉtnicasDiscriminación sistémica, barreras de identificación, posibles barreras culturales.En EE.UU., hogares negros/latinos tienen tasas de bancarización más bajas. En UK, tasas elevadas en hogares hindúes/musulmanes. [[8,24,27]]
Victimas de Abuso DomésticoNecesidad de ahorros discretos, vigilancia digital por parte de agresores, pérdida de autonomía financiera.El efectivo es visto como una red de seguridad crucial para la independencia. [[5,23]]
Bajos IngresosPreferencia por el efectivo para controlar presupuestos, evita sobregiros/cargos bancarios.15% de consumidores con ingresos <£10,000/año dependen completamente del efectivo. [[4,18,34]]

Impacto en la Economía Informal y Adaptaciones Tecnológicas

La erosión del efectivo está teniendo un impacto directo y medible en la economía informal, un sector económico vasto que opera fuera de los marcos formales de regulación y registro. Sectores como la música callejera y el mendiging, que han sido tradicionalmente sustentados por las transacciones espontáneas y anónimas del efectivo, están experimentando una crisis de ingresos. Los músicos callejeros (buskers) en ciudades como Londres y Chicago reportan una disminución significativa en las donaciones, atribuible a que cada vez menos transeúntes llevan consigo monedas o billetes [[12,36,37]]. Stewart, un saxofonista de Chicago, ganó solo 58 centavos después de una hora de actuación en hora punta, ilustrando la vulnerabilidad financiera de esta profesión [[36]]. De manera similar, los mendigos en Nueva York dijeron a The New York Times que el cambio ha resultado en menos limosnas [[11]]. Esta tendencia se extiende a otras formas de trabajo informal, como los jardineros y las limpiadoras, para quienes los pagos en efectivo siguen siendo la norma [[30]]. La desaparición del efectivo, por lo tanto, no es solo una cuestión de conveniencia para los consumidores, sino una amenaza existencial para la viabilidad de la economía informal.

Ante este desafío, han surgido varias adaptaciones tecnológicas con el objetivo de facilitar las donaciones digitales a estos trabajadores informales. Una de las iniciativas más notables en el Reino Unido es el programa de equipamiento de buskers con lectores de tarjetas contactless, impulsado por el Ayuntamiento de Londres en colaboración con la fintech iZettle [[42]]. Charlotte Campbell, una participante en el programa, reportó que las opciones de pago contactless tuvieron un “impacto significativo en las contribuciones” y observó un efecto de contagio social donde un gesto de donación digital inspiraba a otros a seguir el ejemplo [[42]]. En China, algunas personas sin hogar han comenzado a usar códigos QR para recibir donaciones a través de plataformas móviles como WeChat, un sistema que permite a cualquiera escanear el código para transferir fondos directamente a su teléfono, incluso si el solicitante no posee uno [[13,40]]. En Estados Unidos, iniciativas similares incluyen el uso de aplicaciones como Venmo y Dipjar (un terminal de crédito portátil) por parte de músicos callejeros y organizaciones benéficas [[12,38]]. Estas tecnologías, si bien innovadoras, enfrentan importantes barreras de adopción. Muchos buskers resisten la mercantilización de su arte y se sienten incómodos con las comisiones de las aplicaciones o la presencia de publicidad [[36]]. Además, la audiencia muestra una iniciativa limitada para utilizar estas opciones digitales, y la transacción digital requiere un esfuerzo cognitivo y técnico superior al simple acto de depositar una moneda en un sombrero [[37,40]].

La experiencia de los buskers ilustra un dilema central: la transacción digital requiere un proceso deliberado que contrasta con la espontaneidad de una donación en efectivo. Dr. Paul Simpson, un investigador de la performance callejera, expresa escepticismo sobre los pagos contactless, argumentando que la informalidad y la imprevisibilidad de recibir monedas son parte integral de la experiencia y que los pagos fijos por tarjeta pueden socavar la naturaleza democrática y voluntaria del acto de dar [[37]]. La adopción de estas tecnologías parece depender tanto de la disposición de los artistas para cambiar sus prácticas como de la voluntad de los donantes para realizar transacciones digitales espontáneas. El fracaso de aplicaciones como The Busking Project, que fue descartada por una falta de adopción por parte de ambos lados (la “chicken-or-the-egg” problem) y una posible desconexión cultural con los valores anti-capitalistas de algunos performers, subraya la complejidad de este desafío [[36]]. La solución no reside únicamente en la tecnología, sino en encontrar un equilibrio que respete la naturaleza de la actividad informal mientras se adapta a un mundo cambiante.

Tecnología de Pago DigitalPaís/RegiónDescripciónBarreras de Adopción
Lectores de Tarjetas Contactless (iZettle)Reino UnidoEquipamiento de buskers con lectores de tarjetas vinculados a smartphones para aceptar pagos contactless.Visibilidad del equipo, necesidad de que los donantes lleven dispositivos compatibles, escepticismo sobre la comercialización. [[37,42]]
Pagos por Código QR (WeChat)ChinaPersonas sin hogar usan códigos QR que los donantes pueden escanear para transferir dinero a sus cuentas WeChat.Requiere que los donantes tengan una aplicación compatible, la tecnología no está generalizada entre los donantes. [[13,40]]
Aplicaciones Sociales (Venmo, PayPal)Estados UnidosBuskers y organizaciones benéficas utilizan aplicaciones como Venmo para recibir donaciones.Requiere que los donantes tengan cuentas y estén dispuestos a realizar transacciones digitales espontáneamente. [[12,38]]
Terminal de Crédito Portátil (Dipjar)Estados UnidosMáquina de tarjetas portátil diseñada para organizaciones benéficas y pequeños comerciantes.Costo inicial, necesidad de conexión a internet, falta de confianza en transacciones informales. [[12]]
Aplicación de Busking (The Busking Project)GlobalPlataforma en línea que permite a los buskers crear perfiles y recibir donaciones a través de múltiples métodos digitales.Baja adopción por parte de artistas y donantes, posible conflicto cultural con los valores de los artistas. [[36,37]]

Intervenciones Regulatorias y Legislativas para Proteger el Acceso al Efectivo

En respuesta a los crecientes temores sobre la exclusión social derivada de la disminución del efectivo, diversos gobiernos y reguladores han comenzado a implementar intervenciones regulatorias y legales para proteger el acceso a las transacciones en efectivo. Estas medidas buscan establecer un equilibrio entre la innovación digital y la necesidad de mantener la resiliencia y la inclusión del sistema financiero. Una de las estrategias más prominentes es la creación de un “Servicio Universal Obligatorio” (USO) para el efectivo, un concepto que busca garantizar que todos los ciudadanos y negocios tengan acceso a servicios de efectivo en sus comunidades. En el Reino Unido, este principio se materializa a través de un marco regulatorio robusto liderado por el Financial Conduct Authority (FCA) y el Banco de Inglaterra (BoE) [[29]]. La FCA asignó a 14 bancos y cajas de ahorro designados la responsabilidad de revisar periódicamente el acceso a efectivo en sus regiones y de tomar medidas para cerrar las brechas significativas, utilizando herramientas como la instalación de cámaras de compensación o nuevos cajeros automáticos [[29]]. LINK, el operador de la red de cajeros automáticos más grande del país, opera bajo un esquema de servicio universal que busca mantener una amplia cobertura geográfica de cajeros libres de cargo [[5,29]]. Además, el gobierno ha invertido recursos significativos, como £370 millones desde 2018, para mantener la viabilidad de los servicios bancarios en las 11,500 tiendas de la Post Office, que funcionan como un punto de acceso crucial para los clientes de la mayoría de los grandes bancos [[7,18]].

Aunque el marco británico es sólido, los legisladores continúan debatiendo cómo fortalecerlo. Se ha propuesto la introducción de una legislación explícita para preservar el acceso al efectivo, que podría incluir requisitos geográficos y designar bancos específicos para cumplir con ellos [[18]]. La consulta parlamentaria de 2024 sobre el futuro del efectivo subrayó la importancia de proteger tanto el acceso como la aceptación del efectivo para mantener la inclusión financiera [[29]]. En Estados Unidos, las propuestas legislativas reflejan un enfoque similar. La “Payment Choice Act”, introducida con apoyo bipartidista, buscaría requerir legalmente que los negocios que aceptan pagos en persona en ubicaciones físicas acepten efectivo para transacciones hasta $500, prohibiendo simultáneamente los recargos por el uso de efectivo [[22]]. Este tipo de legislación, respaldada por figuras políticas como el senador John Fetterman, argumenta que el acceso al efectivo es una cuestión de derechos del consumidor, seguridad nacional y resiliencia económica, sirviendo como una red de seguridad esencial durante emergencias como ataques cibernéticos o desastres naturales [[22]].

Más allá de la protección del efectivo, las intervenciones regulatorias también se centran en abordar las barreras estructurales que impiden el acceso a servicios financieros digitales seguros y asequibles. La creación de “sandbox regulatorios” es una estrategia clave para fomentar la innovación financiera dirigida a las poblaciones excluidas. Estos entornos controlados permiten a las empresas fintech probar nuevos productos y modelos de negocio con clientes reales bajo la supervisión de los reguladores, lo que puede acelerar el desarrollo de soluciones personalizadas para grupos de bajos ingresos o con historiales crediticios “delgados” [[2,16]]. El Reino Unido, por ejemplo, está explorando la creación de un Fintech for Financial Inclusion Challenge Fund y priorizando tecnologías que sirvan a comunidades desatendidas dentro de sus sandbox regulatorios [[5,16]]. Otro área de reforma regulatoria importante es la revisión de normativas existentes que pueden tener consecuencias no deseadas para los consumidores vulnerables. En Estados Unidos, la Durbin Amendment, que estableció límites a las comisiones de débito intercambiadas, ha sido objeto de debate por su posible papel en el aumento de otras tarifas bancarias, como los cargos mensuales por mantenimiento de cuenta, que podrían haber empujado a un millón de estadounidenses de bajos ingresos a la condición de no bancarizados [[26]]. La recomendación de repealir la durbin amendment y promover sistemas de pago más rápidos es una de las propuestas para mejorar la inclusión financiera [[26]]. Estas intervenciones regulatorias y legales, aunque variadas en su alcance y filosofía, comparten un objetivo común: construir un sistema financiero que sea a la vez moderno e inclusivo, garantizando que la transición digital no se logre a costa de la exclusión de los más vulnerables.

Soluciones Tecnológicas y Financieras para la Inclusión Digital

Además de las intervenciones regulatorias, el ámbito tecnológico y financiero está explorando activamente soluciones innovadoras para abordar las barreras de inclusión en una economía cada vez más digital. Estas soluciones van desde la reinvención del dinero público en forma de monedas digitales de bancos centrales hasta el uso de datos alternativos para democratizar el acceso al crédito. Quizás la iniciativa más ambiciosa en este frente es el proyecto de “digital pound” o CBDC (Central Bank Digital Currency) en el Reino Unido. El Banco de Inglaterra y el Tesoro Público están explorando activamente su desarrollo, con un diseño explícito que busca replicar las características clave del efectivo, como la privacidad y la capacidad de funcionar offline, mientras se integra en el ecosistema digital moderno [[6]]. A diferencia de las criptomonedas, el digital pound sería emitido y respaldado por el banco central, garantizando su valor y su acceso sin necesidad de una cuenta bancaria tradicional [[6]]. Su propósito es mantener la “unidad del dinero” (singleness of money), asegurando que todas las formas de dinero sean intercambiables a un valor par, y expandir las opciones de pago para beneficiar a todos los ciudadanos [[6]]. El diseño del proyecto se centra en proteger la privacidad del usuario mediante técnicas como la anonimización y la encriptación, y se planea que cualquier lanzamiento requeriría aprobación parlamentaria para garantizar la protección de los datos personales [[6]].

Otra área de gran potencial es el “Open Banking”. Esta práctica, impulsada por regulaciones como la PSD2 en Europa, permite a terceros proveedores de servicios financieros, autorizados por el cliente, acceder a sus datos de transacciones para ofrecer productos y servicios innovadores [[16]]. Para las poblaciones con historiales de crédito “delgados” o inexistentes, como los recién llegados, los jóvenes o las víctimas de abuso doméstico, esto representa una oportunidad revolucionaria. Al compartir sus datos de transacción a través de APIs seguras, pueden demostrar su disciplina financiera y solvencia, mejorando sus posibilidades de obtener crédito a través de modelos de evaluación alternativos [[16,21]]. Capital One UK ya está probando un modelo en el que los clientes rechazados por los informes de crédito tradicionales pueden vincular sus datos de Open Banking para una reevaluación, con resultados preliminares positivos que muestran que una mayoría de los clientes precalificados tras compartir sus datos [[21]]. Sin embargo, la seguridad y la privacidad son preocupaciones primordiales, y se necesitan marcos regulatorios robustos para proteger a los consumidores de fraudes y mal uso de datos [[27]].

Finalmente, las plataformas bancarias públicas emergen como una alternativa directa a los servicios financieros tradicionales, diseñadas específicamente para servir a las poblaciones no bancarizadas y de bajos ingresos. El modelo propuesto “CalAccount” en California es un ejemplo paradigmático. Se trata de un programa de cuentas bancarias gratuitas, sin cargos por mantenimiento, sin sobregiros y sin cargos mínimos de depósito, que estaría administrado por instituciones financieras privadas contratadas por el estado [[24]]. Según un estudio de la RAND Corporation, CalAccount podría ahorrar a los hogares no bancarizados y de bajos ingresos entre $70 y $150 anuales en costos de servicios financieros, aumentar sus ahorros en $450 a $1,200 y reducir las disparidades raciales en el acceso bancario en un 25-30% [[24]]. Si bien la implementación de tales programas enfrenta desafíos políticos y fiscales, y la historia del banco postal en EE. UU. (operando de 1911 a 1967) demuestra un precedente histórico, la idea de un servicio bancario público gratuito sigue siendo un tema de debate en varios estados [[24]]. Estas soluciones tecnológicas y financieras, aunque distintas en su naturaleza, convergen en un objetivo común: utilizar la innovación para rebajar las barreras de entrada al sistema financiero y crear un ecosistema más equitativo donde el acceso a los servicios financieros sea un derecho y no un privilegio.

Solución Tecnológica / FinancieraPrincipio de FuncionamientoPotencial Beneficio para Grupos VulnerablesRiesgos y Desafíos
Moneda Digital del Banco Central (CBDC)Dinero electrónico emitido por el banco central, accesible sin necesidad de cuenta bancaria.Proporciona acceso seguro a dinero público, replicando la privacidad y funcionalidad offline del efectivo.Necesidad de una regulación estricta para proteger la privacidad, riesgo de desintermediación de los bancos comerciales. [[6]]
Open BankingPermite a terceros autorizados acceder a los datos de transacciones de un usuario para ofrecer servicios financieros personalizados.Mejora el acceso al crédito para personas con historiales de crédito “delgados” al utilizar datos de transacción alternativos.Riesgos de seguridad y privacidad de los datos, necesidad de una regulación robusta para proteger a los consumidores. [[16,21]]
Plataformas Bancarias Públicas (ej. CalAccount)Programas de cuentas bancarias gratuitas y sin cargos administrados por el gobierno.Elimina las barreras de costo para la bancarización, reduce el “premium de la pobreza” y promueve la inclusión financiera.Desafíos políticos y fiscales para su implementación, posible competencia con los bancos comerciales privados. [[24]]
Prepaid Cards y Account-to-Account PaymentsTarjetas de prepago o pagos directos de cuenta a cuenta para distribuir beneficios gubernamentales.Facilita la entrega de pagos de asistencia social de forma segura y eficiente, reduciendo el fraude.Riesgos de fraude por parte de vendedores, dependencia de la red de agentes de cash-in/cash-out (CICO). [[16,25]]
Identificación Digital y KYC SimplificadoSistemas de identificación digital (ej. biometría) o modelos de Verificación y Conocimiento del Cliente (KYC) simplificados.Reduce las barreras de documentación para abrir cuentas, especialmente para inmigrantes y comunidades marginadas.Riesgos de privacidad y vigilancia masiva, necesidad de sistemas seguros y fiables para evitar exclusiones. [[2,27]]

Conclusiones y Perspectivas Futuras: Hacia un Ecosistema de Pagos Equitativo

En conclusión, la transición global hacia una economía predominante mente digital es una fuerza irreversible y está redefiniendo fundamentalmente la forma en que interactuamos económicamente. Sin embargo, este análisis exhaustivo revela que la trayectoria actual de esta transición presenta un riesgo inmenso de una nueva y sofisticada forma de exclusión social. La evidencia demuestra de manera concluyente que la disminución del uso del efectivo está dejando atrás a poblaciones vulnerables, incluidos los pobres, los sin hogar, los adultos mayores, las personas con discapacidad, las minorías étnicas y las víctimas de abuso doméstico. Estas comunidades se ven atrapadas en un ciclo de exclusión perpetuado por barreras interconectadas en acceso a la tecnología, competencia digital y financiera, costos prohibitivos y una profunda falta de confianza en las instituciones financieras. La economía informal, un pilar de la vida urbana para muchos, también se encuentra en grave peligro, con los músicos callejeros y los mendigos viendo sus medios de subsistencia erosionados por el cambio de comportamiento de los consumidores.

El panorama global muestra que no hay un único camino hacia la digitalización. Mientras que países como China y Suecia han experimentado una rápida adopción impulsada por el mercado y la innovación tecnológica, otros como Australia están explorando enfoques regulatorios para proteger el acceso al efectivo, reconociendo que la inclusión financiera no puede depender únicamente de la voluntad del mercado. Este espectro de estrategias subraya la necesidad de un enfoque multidimensional para abordar el desafío. Las soluciones no residirán en una única política o tecnología, sino en la construcción de un ecosistema robusto y equitativo. Las intervenciones regulatorias, como los Servicios Universales Obligatorios para el efectivo y las leyes que protegen la aceptación de pagos en efectivo, son cruciales para mantener una red de seguridad fundamental y garantizar la resiliencia del sistema financiero.

Simultáneamente, las soluciones tecnológicas y financieras emergentes ofrecen un potencial transformador. La exploración de Monedas Digitales de Bancos Centrales en el Reino Unido, el uso estratégico del Open Banking para democratizar el acceso al crédito y el debate sobre las plataformas bancarias públicas como el modelo CalAccount en California representan los frentes más prometedores de innovación. Estas iniciativas, si se diseñan con un enfoque centrado en el usuario y con un compromiso inequívoco con la inclusión, pueden convertirse en herramientas poderosas para cerrar las brechas de exclusión. Sin embargo, el éxito de estas tecnologías dependerá de superar los desafíos de seguridad, privacidad y la necesidad de una alfabetización digital y financiera masiva.

En última instancia, la perspectiva futura de la economía de pagos dependerá de la capacidad de los gobiernos, los reguladores, los proveedores de tecnología y las instituciones financieras para colaborar de manera proactiva. Esto requiere una inversión continua en educación financiera y digital, la creación de entornos regulatorios inteligentes que fomenten la innovación inclusiva, y un compromiso político firme para asegurar que la promesa de una economía digital sea verdaderamente para todos. La tarea no es detener la digitalización, sino guiarla de manera consciente y deliberada para que beneficie a toda la sociedad, no solo a los más conectados y digitalmente competentes. Solo a través de un enfoque holístico y empático se podrá construir un futuro de pagos que sea a la vez eficiente, resiliente y equitativo.

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Periodista y editor independiente, fundador de mi Manizales del Alma! (2000), portal que mezcla noticias institucionales, memoria local y narrativas experimentales. Su trabajo cruza la claridad informativa con la sátira y la crónica, siempre con Manizales y Caldas como escenario.

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