Abogada aranzacita asesora juridica en Mindefensa

Por JOSE MIGUEL ALZATE

Cuando ingresó a la Universidad Externado de Colombia para iniciar su carrera de derecho no se le pasó por la mente que una vez concluyera sus estudios iba a terminar vinculada a la Policía Nacional. Ni siquiera pensó que algún día se pondría el uniforme verde oliva de esa institución. Mucho menos en que alcanzaría el grado de teniente como profesional de la reserva. Entretenida jugando en su casa del barrio Ciudad Jardín con las muñecas que su mamá le compraba cuando salía al centro de Bogotá a hacer diligencias, solo pensaba en que al terminar el bachillerato alguna carrera tendría que escoger para hacerse profesional. Desde esa época tenía en la memoria las palabras de su padre de crianza que, cuando regresaba del Colegio Externado Salazar, donde cursó el bachillerato, siempre le decía. “Tienes que hacerte profesional. Y ser una de las mejores en la carrera que escoja”.

A Bogotá la llevaron cuando era apenas una bebé. No había cumplido los dos años de edad cuando sus padres abandonaron la vereda donde nació para buscarse un futuro en la Capital de la República. Como era una familia sin recursos, empacaron sus pocas pertenencias en un campero y, muy de mañana, cuando apenas el sol empezaba a asomarse en el horizonte, salieron de la finca donde su padre biológico cogía café en épocas de cosecha y desyerbaba potreros cuando los granos no estaban rojos. Llegaron a vivir a una casa modesta en el barrio 20 de Julio. Para sostener a la familia, el papá empezó a vender mercancía puerta a puerta. Le iba mejor que trabajando la tierra. Lo hacía con la esperanza de que algún día dejarían atrás la pobreza. Soñaban con tener una casa propia, algunas comodidades que nunca habían tenido y de pronto un carrito para salir a pasear por la ciudad.

No se dio cuenta en qué momento le cambió la vida. Un día cualquiera, meses después de llegar a Bogotá, sus padres se separaron. La mamá no aguantó los malos tratos que el hombre le daba. Aunque trató de aguantarse solo para cumplir esa palabra que un sacerdote en Aranzazu le repitió en el momento de casarse, “Lo que Dios ha unido no lo separará el hombre”, pudo más su deseo de no permitir que la hija que apenas empezaba a caminar se enterara del maltrato del papá hacia ella. Un día, cansada de aguantar sus rabietas, de verlo llegar borracho, de saber que llegaba a la casa sin dinero porque se lo había bebido, le dijo “¡No más! Esto se acaba. Estoy cansada de esta situación”. Tomó en sus brazos a las dos niñas, y abandonó la casa. Se fue con la seguridad de que trabajando sería capaz de sacarlas adelante. El hombre tuvo que resignarse a quedarse solo. Tiene recuerdos de cuando perseguía a su mamá por toda la casa para pegarle, y de cómo le alegaba por cualquier cosa. Ese trato dejó una marca tan dura en su vida, que cuando de pronto se lo encuentra en la calle ni siquiera lo saluda.

La casa humilde del barrio 20 de Julio la abandonaron antes de que su mamá iniciara una relación con otro hombre, un joven inquieto que también había llegado a Bogotá procedente de Aranzazu en búsqueda de nuevos horizontes. Eran primos en segundo grado. Ella tenía apenas dos añitos de edad. Su hermanita cinco. Se acostumbró entonces a ver todos los días a ese señor joven que desde entonces empezó a mirar como si fuera su padre. Les brindaba tanto cariño, se preocupaba tanto por ellas, las consentía tanto que rápido se ganó el corazón de las niñas. Veían en él al verdadero padre. Con lo que ganaba vendiendo mercancía puerta a puerta le alcanzaba para comprarles ropa, para llevarles muñecas, para sacarlas a un parque, para darles helados y obleas. Les entregó tanto amor que no sintieron la falta del padre biológico. Crecieron viendo siempre a ese hombre tierno que les exigía buen rendimiento en la escuela, que las regañaba cuando cometían alguna falta, que les celebraba con alegría sus cumpleaños, que les aconsejaba sobre lo que era bueno y lo que era malo. En la juventud, antes de cumplir los doce años, ella sintió su amor de padre cuando le dijo: “Quiero tener una hija profesional. Así que a estudiar”.

Y así fue. Como la situación económica le fue cambiando porque era hábil para los negocios, ya tenía con qué costearle una carrera. Por esta razón, al terminar el bachillerato en el mismo plantel donde cursó la primaria, le dijo: “¡Ahora sí, a ingresar a la universidad! Escoja la que quiera, pero se me hace profesional”. El sabía que era una muchacha inteligente, que le gustaba leer, que no tragaba entero, que se preguntaba por qué existía tanta inequidad social. Ella, feliz porque quería ser alguien, forjarse un futuro, crecer como mujer, aceptó el reto. Entonces le dijo: “Ya lo tengo decidido: voy a matricularme en el Externado”. El papá de crianza sonrió. Sabia que era una de las mejores universidades de Colombia y, sobre todo, costosa. Pero podía darle ese gusto. “Yo se lo dije con cautela, pensando en su reacción”, dice ella mientras se pone el uniforme de la policía para asistir al curso de oficial de la reserva. “¿Qué le contestó él cuando se lo dijo?”, le pregunto. Y exhibiendo una sonrisa donde brillan unos dientes perfectos contesta: “Que había hecho la mejor elección”.

El primer año como estudiante de la Universidad Externado de Colombia le abrió horizontes a su mente. Llegó a la primera clase vestida de manera informal: unos bluyeans y una blusa. En el bolso llevaba, además de sus arreglos personales, un libro: “El Túnel” de Ernesto Sábato. Entró al salón con la convicción de que iba a ser una buena abogada. Tenia presente esas palabras que una tarde el papá le dijo: “Tienes que ser una de las mejores en la carrera que escoja”. Los meses fueron transcurriendo.  Finalizó el primer semestre con buen rendimiento académico. En el segundo semestre bajó un poco. Es cuando decide retirarse de la universidad para entrar a estudiar en el Instituto de Formación Técnica, Infortec. Allí se gradúa como diseñadora de moda. Y como después de graduarse se casa, con su primer esposo se establecen en Medellín. Piensan que como allí está el centro de la industria textil, les puede ir bien. Decide entonces ingresar a la Universidad Autónoma Latinoamericana para cursar el segundo semestre de derecho. Sin embargo, pensando que Bogotá es mejor plaza para los negocios, optan por regresarse. Tiene en la mente, frescas, las palabras de su padre: “Quiero que se haga profesional”. Y como no quiere defraudarlo, se matricula en la Universidad Católica de Colombia para terminar su carrera.

Es aquí cuando toma conciencia de que en el derecho está su realización como mujer. Sin pensar siquiera en que esta profesión le abriría el camino hacia el éxito, se preocupa por conocer las leyes. Llena entonces su casa de libros sobre derecho, se suscribe a toda publicación jurídica, asiste a seminarios, discute con sus compañeros de clase sobre incisos, se lee extensas sentencias de la corte y dialoga con sus profesores sobre la filosofía del derecho. Tiene metida en la cabeza, como una meta, la idea de convertirse en una buena abogada. Como sabe que para lograrlo debe prepararse, hace una especialización en derecho administrativo en la Universidad del Rosario. Finalizada esta, se le presenta la primera oportunidad para ocupar un cargo de responsabilidad. El general Luis Eduardo Martínez, oriundo de Manzanares, que es nombrado director de la Policía Metropolitana de Bogotá, le ofrece la asesoría jurídica, cargo que acepta. Ahí arranca una carrera que la lleva a coinvertirse en docente en la Escuela de Investigación Criminal y en la Escuela de Cadetes General Santander.

Es una mujer convencida de que la preparación es indispensable para escalar posiciones. Por esta razón decide matricularse, de nuevo, en la Universidad del Rosario. Esta vez quiere hacer un magíster en derecho administrativo. Esta especialización le abre puertas. Sin buscarlo, llevada por el destino, producto de su disciplina y su pasión por el estudio, es nombrada asesora jurídica del concejo de Bogotá y, posteriormente, en el mismo cargo en la alcaldía distrital. Sin utilizar estos cargos para ascender, sigue escalando posiciones. La buscan porque es una profesional responsable, estudiosa, que expone con claridad sus argumentos jurídicos. La llaman a trabajar como asesora jurídica en la Defensoría del Pueblo, donde se destaca por su labor en beneficio de la población LGTBI y por tender lazos entre la policía y esta entidad para transversalizar los temas de derechos de las mujeres.

No he escrito todavía el nombre de esta profesional de origen campesino, nacida en una vereda de Aranzazu, La Marina, que es reconocida en los círculos del derecho como una abogada con amplios conocimientos en gestión administrativa de entidades públicas. Esto tiene una razón: despertar en quienes leen esta crónica el interés por saber de quién estoy hablando, y que solo lo sepan al final para que primero conozcan sus realizaciones como profesional. Tampoco he dicho quién es su padre de crianza, ni quién su mamá. Tiene una frase que describe al papá: “Yo soy su mayor admiradora y él es mi fan número uno”. Luego agrega: “A él le debo lo que soy. Si no me hubiera insistido tanto para ser una buena profesional, de pronto no habría llegado a donde estoy”. Una de sus pasiones son los caballos, y con su papá ha estado en cabalgatas en Aranzazu, en Fiestas de la Cabuya y en ferias de Manizales. Aprovecha las vacaciones para visitarlo en Manizales y compartir con él sus gustos, en especial la música popular. También le gusta la música colombiana. Y las baladas. Camilo Sesto fue su ídolo.

El cargo que ahora ostenta, Asesora jurídica del Ministerio de Defensa, no le ha cambiado su forma de ser. Sigue siendo una mujer sencilla, agradable en el trato, que se preocupa por la gente de su entorno. Como profesional oficial de la Policía Nacional tiene como compañeros al Ministro de Vivienda, Jhonatan Malagón; al director de la Unidad Nacional de Protección, Alfonso Campo Martínez y a la defensora delegada de la niñez, Gisela Vanessa Arias. Orienta los seminarios de actualización jurídica a los oficiales de la Policía Nacional. Es madre de tres hijos, dos de ellos gemelos: Cristopher, de 17 años y Antonio y Tomás, de 14. Uno de ellos lleva el nombre de su padre de crianza. Su esposo Benjamín Gómez Osorio, mayor de la policía, la acolita en su amor por la institución y en su deseo de servirles a las mujeres que forman parte de ella. Sus abuelos eran primos. Y aunque su mamá falleció hace ocho años, le parece que todavía la ve regañándola porque no ayudaba a lavar la loza de la cocina o porque no tendía la cama antes de irse para el colegio. De ella recuerda, en su niñez, el ánimo de trabajar para salir de la pobreza, y la tristeza que le llenaba el alma por no tener con qué darles lo que sus hijas querían. Celebra con alegría que la suerte le haya sonreído, y que las privaciones de los primeros años solo quedan en el recuerdo. Se llamaba Cielo Gómez.

De Aranzazu rememora sus estadías en la vereda Maibá, donde vivieron sus abuelos, y los helados que compraba donde doña Maruja Botero; “Son deliciosos”, dice como si estuviera paladeando uno en ese momento. Lleva tatuado en su alma el olor del café cuando sale de la despulpadora, el silbido del viento cuando mece las hojas de los árboles, el aroma de los sancochos que su abuela paterna preparaba en la cocina de la finca y las arepas de maíz que asaba en un fogón de leña. Es una mujer orgullosa de sus ancestros. “Añoro mucho el campo, las mangas donde pastan los caballos, las pesebreras a la hora del ordeño”, dice, y la nostalgia parece asomársele en la mirada. El éxito profesional no la ha cambiado. Sigue siendo la misma mujer sencilla que nació en una vereda, rodeada de gallinas que cacaraqueaban cuando ponían el huevo, de gatos que maullaban en las noches y de perros que ladraban cuando veían a un extraño. Su mejor amiga, Catalina Giraldo, una abogada tolimense, la describe como una mujer de empuje que ha hecho realidad sus sueños. Se llama Liliana Salazar Gómez ¿Quién es su padre de crianza? Se llama Antonio Gómez Castaño, un aranzacita que a fuerza de trabajo, y con suerte en los negocios, superó la pobreza.